El panorama venezolano cruzó un umbral definitivo. El cambio ya no es aspiración, sino proceso irreversible. El chavismo, acorralado por sanciones y aislamiento diplomático, se desangra mientras Washington va por el Cartel de los Soles clasificado como organización terrorista.
RG Revista — La salida de Venezuela de María Corina Machado no representa derrota sino reposicionamiento estratégico. Se colocó donde necesita dirigir la fase final desde posición intocable. Su travesía épica hacia Oslo refuerza su liderazgo sobre el 90% que exige transición.
Nicolás Maduro dejó de ser problema para convertirse en síntoma. El control real lo ejerce Diosdado Cabello, quien concentra poder sobre fuerzas armadas, inteligencia y estructuras criminales. Maduro es el "prisionero VIP", cara del castigo internacional. Desde el 28 de julio de 2024, cuando intentó reconocer a Edmundo González Urrutia como ganador y fue impedido: ya no gobierna.
El régimen administra terror mediante los Comités Bolivarianos de Base Integral (CBBI), juramentados en noviembre de 2025. Solo administran miedo, no adhesión.
La solidaridad internacional se expande. América Latina reconoce que esta lucha se volvió continental, con excepciones: Lula da Silva, fundador del Foro de São Paulo; Gustavo Petro; y Claudia Sheinbaum desde México, donde documentos revelan que uno de sus "mayores decomisos" fue farsa: diésel, no heroína.
Los planes para justicia anticipada están listos. El retorno de Machado será victoria bajo condiciones que garanticen transición. Esta ventana decidirá si Venezuela entra al siglo XXI. La pregunta no es si habrá transición, sino cómo se gestionará.

