Arkhé La Mujer Más Poderosa del Mundo… Que Cada Día Gobierna Menos Por Horacio De la Cruz.
La compañera Claudia, cuyo número de cuenta universitario a su ingreso al CCH Sur de la UNAM inicia con 78 —el año en que comenzó ahí sus estudios de bachiller—, coincide con el mío: 7844…. Ese empate generacional universitario, primero en el CCH Sur, después en la Facultad de Ciencias de la UNAM, me permite comprender muy de cerca cómo fue gestándose su plataforma ideológica, sus afinidades políticas y las grandes limitaciones que éstas traen al país que gobierna.

Goza de una popularidad ya menor al 65 por ciento (ha perdido casi 20 puntos), pero al igual que su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, su gobierno está reprobado. Corre su segundo año de gobierno y no sólo los problemas se le multiplican: las riendas que debería sujetar con fuerza —algunas nunca las ha tenido— han aflojado. En las recientes visitas a algunos estados se le observa embelesada por aduladores expertos en el poder, que cada día la mencionan como creadora de todo lo bueno en público, aunque en privado dicen otra cosa. Y ella, cándidamente, sonríe mientras que debajo de las pieles de oveja esos lobos devoran los recursos que deberían hacer crecer al país y le presentan resultados de ornato que ella se conforma con ver y oler.

No se da cuenta desde el púlpito mañanero, porque vive deslumbrada por todas las cámaras y micrófonos que apuntan a su rostro y a lo que dice. Pero no está sentada en una montaña del Olimpo desde donde su voz se escuche como un trueno que impone. Cada día, más nerviosa, está en medio de un coliseo romano repleto de todo tipo de expresiones populares en las gradas. La gente, mientras come el pan que le lanzan, se entretiene viendo cómo los juegos van dejando heridos y muertos. Y aún no se han soltado los tigres, los leones que, como Donald Trump, por el momento, sólo se escuchan rugir mientras el público se desgarra en vítores anticipados.

Es trágico: la mujer al micrófono, mi compañera universitaria, una de las mujeres más poderosas del mundo según los rankings internacionales, no gobierna el coliseo. Es un elemento más en ese circo de poder, pan, suerte y muerte. Si no controla lo que vive abajo o dentro —Morena—, menos controla lo que sucede arriba o a los lados, donde las estructuras regionales de poder operan por canales que ella no ve.

Me refiero a los remedos de caciques estatales y municipales que hoy dan cuerpo a Morena como en los mejores tiempos del PRI, y que viven en el mejor de los mundos. Si le va bien a Claudia, ganan: la tienen embelesada con la superficialidad de su lealtad que le repiten todos los días hasta el cansancio. Sólo es cosa de leer sus redes sociales para constatar el nivel empalagoso de adulación. Si le va mal a la presidenta, también ganan. Porque han retomado el control político, económico y administrativo de las regiones que gobiernan y han aceitado la maquinaria para que en 2027 sean sus candidatos quienes aborden las alcaldías y los congresos locales.

Estos operadores no necesitan creer en la Cuarta Transformación (si es que eso existe). Basta con apropiarse de su retórica mientras acumulan control sobre obras públicas, programas sociales y estructuras partidarias locales. A la compañera Claudia le presentan inauguraciones mientras desangran presupuestos. Le entregan estadísticas maquilladas mientras reconstruyen las mismas redes clientelares que supuestamente vinieron a desmantelar. Y ella, desde su púlpito mañanero, sonríe convencida de que está transformando México.

¿Y Andrés Manuel López Obrador? Escondido en Palenque, observado desde el cielo por drones e intervenido en cada una de sus conversaciones. Construyó deliberadamente un sistema donde el poder es él y el resto se fragmenta en múltiples feudos, asegurando que ningún sucesor pudiera consolidar una autoridad que rivalizara con su legado de destrucción institucional y muerte. Nada por encima de él y su voluntad.

¿Y Andy López Beltrán, el hijo cansado de AMLO? Entrampado en medio del lodazal —y las montañas de dinero ilícito— que el huachicol, las obras públicas y las compras gubernamentales le han dejado. Y no es una anomalía del sistema: es su expresión más pura. Cuando el poder se ejerce diseñado para proteger a personas y no mediante instituciones, la corrupción deja de ser una desviación para convertirse en el mecanismo de operación.

¿Morena? Perdida, como Luisa María Alcalde, que se la pasa predicando en el desierto un decálogo de austeridad y honestidad que no sólo nadie cree, sino que nadie practica. Como secretaria general de un partido donde los gobiernos y operadores territoriales practican el huachicol presupuestal más salvaje mientras aplauden discursos sobre justicia social, Alcalde no dirige Morena: apenas administra su liturgia pública esperando el día en que se reintegre a la administración pública.

Hasta ahora todo parece ir en caballo de hacienda, pero el germen de la destrucción de Morena está creciendo dentro. Cuando menos regionalmente los mismos operadores que vaciaron al PRI, ahora replican el modelo en Morena.

Y aquí está la contradicción que terminará por devorar el proyecto de Claudia Sheinbaum: una auténtica líder socialista —me consta— que se empeña en su afinidad ideológica mientras los poderes regionales que la rodean se siguen comportando como los más conspicuos políticos priistas. Todos aplauden cada discurso presidencial mientras, operación tras operación, contrato tras contrato, sus proyectos personalísimos se revelan como la más sofisticada de las simulaciones dentro de la 4T.

Lo verdaderamente trágico es que Claudia Sheinbaum no es cómplice consciente de este vaciamiento. Es su víctima más ilustre.

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