Arkhé El Frankenstein Morena y las lealtades fragmentadas Por Horacio De la Cruz. | Economista
La visita presidencial a Puebla plantea una doble lectura. En la superficie: cifras sin sustento, promesas de obra pública, lucha anticrimen y el ritual de mentiras y acarreo heredado del sexenio anterior.

Pero los datos duros perforan la retórica: la inversión pública se desploma, el estancamiento económico se enquista y el crimen organizado muta con inteligencia estratégica. Ha disminuido el trasiego de drogas hacia Estados Unidos, sí, pero a cambio inunda las calles —incluidas las de Puebla— con cristal adulterado con fentanilo, mientras diversifica su portafolio criminal: extorsión masiva, préstamos gota a gota y la captura silenciosa de sectores económicos bajo simulaciones de legalidad.

En el fondo, el periplo presidencial obedece a motivaciones menos evidentes y más estratégicas. Morena, ese Frankenstein político ensamblado con piezas del PRI, PRD, PAN y restos ideológicos que alguna vez se llamaron izquierda, comienza a mostrar los síntomas del monstruo abandonado por su creador. Andrés Manuel López Obrador, como el doctor Frankenstein de Mary Shelley, descubre tarde que su criatura tiene voluntad propia y apetitos impredecibles.

Y como en la novela gótica, el horror no radica en la monstruosidad externa, sino en la imposibilidad de controlar lo que se ha engendrado. La criatura que debía perpetuar el proyecto con vida propia en ocasiones deambula perdida, en otras se rebela, no por ideología, sino por instinto de supervivencia. ¡Qué ironía! En política, como en la literatura, los monstruos siempre terminan volcándose contra sus creadores cuando perciben que el poder que les dio vida puede también aniquilarlos.

Lo que no se ve, aún, son las fracturas y las cicatrices en Morena; porque no son públicas, pero son descarnadas. Andy López Beltrán reclama a Claudia Sheinbaum; ella le responde con la amenaza apenas velada de que él no tiene fuero. Andy confronta a su padre: cuestiona abiertamente si Sheinbaum, en el momento más crítico de la relación con Estados Unidos, tendrá la voluntad —o el margen— de protegerlos a él, a Boby y al patriarca. José Ramón López Beltrán, discretamente, exhibe una exasperación apenas contenida, opacada únicamente por la de su esposa, quien percibe con claridad el riesgo de una embestida judicial norteamericana que ya no puede ocultarse tras el velo de la "transformación".

Y en la cúpula de Morena las reacciones no son menos intensas. Siempre bajo una especie de estupor, Ricardo Monreal —cuando le informan o platica sobre las fisuras familiares que corroen la cohesión morenista— se encoge de hombros y escapa por la tangente. Adán Augusto López perdió incluso su proverbial “agusticidad” y parsimonia. Y Luisa María Alcalde ya sólo cuenta las horas para abandonar la presidencia del partido y regresar al gabinete.

Claudia Sheinbaum navega en medio de este torbellino. Su predicamento: ¿cómo controlar lo incontrolable? La agenda que Donald Trump ha trazado para México no se limita a la entrega de capos del narcotráfico. México está en medio de una reconfiguración geopolítica con instituciones vulneradas y una anemia económica altamente dependiente de los Estados Unidos. Por si fuera poco, Morena está fracturada.

Por eso la presidenta sale a campaña —porque eso es, en esencia— presumiendo aquello de lo que carece: resultados concretos. Además, replica el formato lopezobradorista: promete en presente lo que debió hacerse en pasado, construye esperanza sobre el vacío, gestiona percepciones mientras los problemas estructurales del país que gobierna se profundizan.

Pero hay algo más, y es nodal. En sus encuentros con los gobernadores no indaga sobre las realidades estatales, sino que sondea lealtades. Tantea el terreno para los movimientos que vienen: primero Gobernación, después Morena… Y, sobre todo, mide quién estará de su lado si la ruptura con López Obrador —no deseada por ella, pero forzada por presiones externas— se consuma.

Sheinbaum sabe que, si llega ese momento —y llegará—, necesitará cadenas de acero para sujetar al Frankenstein morenista. Los gobernadores son la clave: no solo para llenar el Zócalo cuando sea necesario, sino para contener la convulsión interna ante la coyuntura electoral adelantada a 2027. Así que en Puebla, como en cada gira, la presidenta no solo promete. Audita lealtades, negocia futuros y construye trincheras para una batalla que, intuye, es inevitable y apenas comienza.

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