Ángeles de Puebla - Armenta y Barragán: el manotazo?
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Blanca Alcalá: La ciudadana que incomoda al poder
Hace dos décadas, el marinismo atravesaba la tormenta perfecta. La detención de la periodista Lydia Cacho había abierto fisuras que ningún operativo de contención mediática podía cerrar.

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En ese contexto convulso, Enrique Doger —entonces presidente municipal de Puebla— era, literalmente, un dolor de cabeza cotidiano para la maquinaria del poder estatal. No se plegaba a los dictados del gobernador. Javier López Zavala, hoy purgando condena, ocupaba entonces la Secretaría de Gobernación y Doger se permitía el lujo de tratarlo con el ninguneo reservado para los operadores de segunda categoría.

Las conversaciones al interior de la burbuja marinista, cuando el tema derivaba hacia el presidente municipal y exrector de la BUAP, invariablemente desembocaban en un rosario de improperios que terminaban tragándose en seco, porque Doger jamás guardó silencio cuando el característico “modito” del marinismo le resultaba intolerable. Así, Enrique Doger, más que un activo político, era observado como un riesgo en la capital poblana.

Las elecciones intermedias de 2007 se aproximaban y el omnipotente gobernador Mario Marín Torres enfrentaba un dilema estratégico: no tenía en su círculo de confianza a nadie capaz de arrastrar el voto mayoritario de un priismo que, particularmente en la capital poblana, era sinónimo de rechazo. Marín impulsaba la candidatura de Javier López Zavala. Se ordenaron las mediciones correspondientes y el veredicto fue lapidario: no ganaría una elección ni en la colonia donde residía.

Peor aún, el estigma del caso Cacho exigía un giro táctico urgente: una candidata mujer que abanderara al PRI en una capital donde el repudio hacia Marín Torres no provenía de las redacciones periodísticas, sino de la ciudadanía misma.

El nombre de Blanca Alcalá Ruiz emergió prácticamente como única opción viable en la presentación del diagnóstico que advertía sobre los riesgos electorales del tricolor en la ciudad y sus distritos. En aquella mesa de trabajo en Casa Puebla se decidió su candidatura. La convocaron. Ella —visiblemente nerviosa— llegó y devoró una barra de chocolate antes de ingresar al cónclave. Otra más después, ya con la candidatura asegurada en el bolsillo del blazer blanco que vestía su figura esbelta.

Con inteligencia política construyó una campaña de perfil ciudadano, calculadamente desprendida de la toxicidad marinista. Javier Sánchez Galicia, por cierto, no tuvo mayor participación en ese proceso más allá de la producción digital del material promocional. Tampoco la necesitaba: Blanca Alcalá es una mujer inteligente, políticamente perspicaz y experimentada, con la sutileza suficiente para no imponer criterios, sino para persuadir.

Se fue del PRI por las razones que ha expresado públicamente —la ausencia de debate interno, la clausura de la apertura democrática—, pero también, y quizá sobre todo, porque ese partido ya no ofrece futuro. Lo que subsiste claramente en Puebla es una dirigencia que funciona como extensión de la estrategia política de Alejandro Armenta: colocar peones útiles y alfiles prescindibles que ganarán o perderán según el capricho del pulgar imperial señale hacia arriba o hacia abajo.

Mario Riestra sabe que el PAN necesita perfiles con credibilidad en la ciudad de Puebla. Y Blanca Alcalá representa precisamente ese tipo de candidatura que puede complicarle seriamente el escenario electoral a Morena el próximo año. Un perfil que no arrastra los pasivos del viejo priismo, pero que tampoco se pliega dócilmente a los nuevos autoritarismos.

Solo una advertencia debería tener presente Blanca, que ya la experimentó en carne propia cuando contendió por la gubernatura: en política, las traiciones nunca llegan envueltas en celofán transparente. Llegan vestidas de palabras, de promesas, de lealtades que mutan cuando el poder aprieta o compra.

Y en Puebla, donde las alianzas se tejen con fragilidad según los intereses del gobernante, muchos se doblan al primer embate del pragmatismo descarnado; así que esa lección no es un consejo: es una condición de supervivencia. La diferencia entre quien aprovecha su capital político y quien termina siendo moneda de cambio está, invariablemente, en saber distinguir al aliado del traidor. Y ambos, conviene recordarlo, suelen hablar exactamente el mismo idioma.

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