Cuba vive su peor crisis energética en décadas. Largas filas se observan para cargar gasolina y los apagones masivos que azotan la isla desde hace meses no son el resultado de una falla técnica temporal, sino el colapso de un sistema energético dependiente casi por completo de importaciones que ya no llegan.
La Habana, Cuba. — Con una infraestructura eléctrica obsoleta y sin capacidad para procesar su propio petróleo —rico en azufre e inutilizable—, La Habana sobrevivía gracias al crudo venezolano que cubría 30% de sus necesidades. Pero el derrumbe del régimen de Nicolás Maduro cerró ese grifo definitivamente.
El resultado es devastador: largas filas en gasolineras que se extienden por días, ciudades a oscuras durante horas y una población que almacena combustible por pánico ante lo que viene. Mexconomy calcula que sin suministro petrolero externo, Cuba enfrentará una caída de 27% en su PIB, encarecimiento de 60% en alimentos y 75% en transporte. Lo que comenzó como crisis energética transita aceleradamente hacia una crisis social de proporciones catastróficas: hambre, éxodo masivo y potencial colapso institucional.
En este escenario, México se convirtió en el último salvavidas de Cuba. Los 17,200 barriles diarios que Pemex envía a la isla —valorados en unos 400 millones de dólares anuales— son ahora la diferencia entre una crisis manejable y el caos total. Pero ese gesto de solidaridad histórica ha colocado a México en la mira de Donald Trump.
La Casa Blanca no ve petróleo mexicano fluyendo hacia Cuba; ve un obstáculo para su estrategia de asfixia al último bastión del socialismo fallido en América Latina. Trump cuestionó directamente a Claudia Sheinbaum sobre los envíos durante la reciente llamada telefónica, y aunque no exigió su cancelación, el mensaje fue cristalino. Más inquietante aún: drones de la Armada estadounidense sobrevuelan desde diciembre las rutas del Golfo de México, siguiendo los buques petroleros mexicanos hacia La Habana. Son los mismos aparatos que precedieron la intervención contra Maduro.
Aquí emerge el verdadero juego geopolítico. Trump necesita que México coopere en dos frentes críticos: renegociar el T-MEC sin concesiones y demostrar que no requiere intervención militar contra los cárteles. México, por su parte, ha cedido terreno —ofensiva contra el Cártel de Sinaloa, ¿extradición? de casi 100 capos—, pero mantiene líneas rojas sobre soberanía. El petróleo a Cuba es una de esas líneas, pero también podría convertirse en la moneda de cambio que Washington exige.
Las manos de México están cada vez más atadas. Mantener el suministro arriesga una confrontación con Estados Unidos en el peor momento posible. Cancelarlo condenaría a Cuba a una catástrofe humanitaria que también México sufriría directamente: oleadas migratorias masivas cruzando el estrecho de Yucatán, similar a la crisis de los balseros de los noventa pero magnificada.
Dentro del gabinete de Sheinbaum, tres fuentes confirman que la decisión está bajo revisión. Algunos presionan por mantener el flujo precisamente para evitar el éxodo; otros advierten que antagonizar a Trump podría costar demasiado. Mientras tanto, los cubanos hacen filas de cuatro horas bajo el sol habanero preguntándose de dónde saldrá la gasolina mañana.
Lo que comenzó como un problema energético en Cuba se ha transformado en una trampa geopolítica para México: cualquier decisión tendrá consecuencias graves, y el tiempo para elegir se agota mientras los drones estadounidenses dibujan círculos invisibles sobre el Golfo de México.


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