Tensiones geopolíticas, fragmentación económica, crisis de deuda, declive del dólar, revolución de la Inteligencia Artificial y colapso demográfico convergen simultáneamente. El orden económico global enfrenta su transformación más profunda desde Bretton Woods.
RG Revista — Estamos atravesando la convergencia simultánea de seis megatendencias que están reconfigurando el orden económico internacional de manera irreversible. No se trata de ciclos coyunturales ni de ajustes temporales, sino de transformaciones estructurales que definirán las próximas tres décadas. Las tensiones geopolíticas crecientes, la fragmentación geoeconómica, la crisis de deuda soberana global, el declive de la hegemonía del dólar, la revolución de la Inteligencia Artificial y el cambio demográfico acelerado operan de manera interconectada, amplificando mutuamente sus efectos y generando un escenario de incertidumbre que ningún marco de referencia previo puede procesar adecuadamente. Comprender estas tendencias no es ejercicio académico, sino condición de supervivencia para economías que, como México, han permanecido décadas sin estrategia clara frente a los grandes desplazamientos del poder económico mundial.
Las tensiones geopolíticas han dejado de ser eventos aislados para convertirse en el estado permanente del sistema internacional. La competencia entre Estados Unidos y China por primacía tecnológica, militar y económica estructura todas las demás variables. La guerra en Ucrania, las tensiones en Taiwán, la presión sobre Irán y Venezuela, y la declaración de Trump sobre anexar Groenlandia no son episodios desconectados sino manifestaciones de un mismo proceso: la fragmentación geoeconómica. El mundo se divide en esferas de influencia donde el comercio, la inversión y la transferencia tecnológica quedan subordinados a consideraciones de seguridad nacional. Los BRICS —Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica— representan el intento más articulado de construir un orden alternativo al liderazgo occidental, desafiando desde el sistema de pagos internacionales hasta los estándares tecnológicos. Esta fragmentación implica duplicación de infraestructuras, ineficiencia económica y costos crecientes de transacción, pero se ha convertido en inevitabilidad geopolítica.
La crisis de deuda soberana global opera como denominador común de economías avanzadas y emergentes sin solución visible en el horizonte. Brasil mantiene deuda al 90% del PIB, China al 96%, India al 89%, Sudáfrica al 80%, mientras economías avanzadas superan ampliamente el 100%. Con disfuncionalidad política generalizada que impide corrección fiscal, los escenarios posibles son igualmente problemáticos: nuevo episodio inflacionario, reestructuras masivas de deuda, o represión financiera mediante tasas artificialmente bajas e inflación moderada que licúe las obligaciones. Este último escenario requiere controles de capital que reducirían dramáticamente la globalización financiera, transformando el paisaje de inversión internacional. Simultáneamente, el declive del dólar como moneda hegemónica se acelera por factores estructurales y políticos. Los bancos centrales aumentan tenencias de oro mientras reducen bonos del Tesoro estadounidense, no solo por Trump sino por la destrucción paulatina de confianza en la predictibilidad institucional de Estados Unidos y el abuso de sanciones financieras como arma geopolítica. La diversificación fuera del dólar responde a riesgos geopolíticos que antes eran impensables.
La revolución de la Inteligencia Artificial avanza a velocidad sin precedentes: 800 millones de usuarios en apenas dos años, superando dramáticamente la adopción del internet o los teléfonos móviles en periodos equivalentes. Esta penetración acelerada transformará productividad, mercados laborales y distribución del ingreso de maneras que apenas comenzamos a vislumbrar. La ventaja competitiva migrará hacia economías capaces de integrar IA en procesos productivos, educativos y administrativos, ampliando la brecha con quienes permanezcan rezagados. Finalmente, el cambio demográfico acelerado reconfigura proyecciones de largo plazo: las estimaciones de población mundial para los próximos 70 años se redujeron drásticamente entre 2014 y 2024, y el escenario bajo proyecta declive poblacional global en 25-30 años. La pirámide demográfica se convierte en obelisco, con África como única región de crecimiento significativo. Las consecuencias incluyen presiones en finanzas públicas, restricciones al crecimiento potencial y oleadas migratorias que alimentan nacionalismos políticos en economías receptoras.
Estas seis megatendencias operan simultáneamente y se refuerzan mutuamente. La fragmentación geoeconómica amplifica las tensiones geopolíticas. La crisis de deuda limita capacidad de respuesta gubernamental. El declive del dólar acelera la búsqueda de alternativas que profundizan la fragmentación. La Inteligencia Artificial concentra poder en pocas economías tecnológicamente avanzadas. El colapso demográfico genera presiones migratorias que alimentan nacionalismos que impulsan fragmentación. Para México, posicionado en el lugar 160 de 190 países en crecimiento económico de las últimas tres décadas, la pregunta no es si estas tendencias nos afectarán, sino si tendremos estrategia para navegarlas. La respuesta, hasta ahora, es ausencia de visión clara sobre cómo enfrentar un mundo que se transforma en sus fundamentos mientras nosotros debatimos coyunturas sin comprender las fuerzas estructurales que determinan nuestro destino económico.


0 Comentarios