América no es Asia ni Eurasia. Este continente se forjó, con todas sus contradicciones, en una lucha histórica contra monarquías, dictaduras y sistemas cerrados. La captura de Nicolás Maduro reabre un debate incómodo pero necesario: no sobre Estados Unidos, sino sobre el fracaso sistemático del populismo autoritario en la región.
Editorial
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas especiales de Estados Unidos plantea interrogantes legítimos sobre el derecho internacional y los límites de la intervención extranjera. Sin embargo, reducir el análisis a un reflejo antiestadounidense es una evasión deliberada del problema central: América Latina ha sido devastada por regímenes que, bajo el pretexto de la soberanía y la autodeterminación, secuestraron al Estado, destruyeron las instituciones y normalizaron el autoritarismo, el crimen y la corrupción.
El llamado eje “progresista”, articulado durante décadas desde el Foro de São Paulo y reciclado en plataformas como el Grupo de Puebla, no produjo prosperidad ni justicia social. Produjo regímenes iliberales. Cuba exportó el modelo; Hugo Chávez lo financió; Nicolás Maduro lo criminalizó; Evo Morales lo constitucionalizó; Cristina Fernández lo degradó institucionalmente; y Andrés Manuel López Obrador lo tropicalizó bajo una retórica electoralmente eficaz pero económicamente corrosiva.
El resultado es consistente en todos los casos: erosión del Estado de derecho, colonización de los tribunales, persecución de opositores y prensa crítica, destrucción de los sistemas de mercado y uso clientelar del presupuesto público. México es hoy el ejemplo más reciente y más elocuente: estancamiento económico, pérdida de competitividad, informalidad creciente y una precarización acelerada de las clases medias, sostenida artificialmente por transferencias sociales que ya no logran ocultar la presión fiscal y el deterioro productivo.
Venezuela representa el punto extremo de este proceso. Durante años, el narcotráfico, el crimen transnacional y la ideología antioccidental financiaron un régimen que dejó de ser político para convertirse en una estructura criminal. La llamada “guerra silenciosa” —la inundación de drogas, corrupción y desestabilización regional— fue tolerada en nombre de una soberanía que solo protegía a las élites gobernantes.
Por eso la pregunta de fondo no es si Estados Unidos actuó correctamente, sino por qué tantos países latinoamericanos permitieron que líderes carismáticos modificaran constituciones, capturaran instituciones y confundieran al Estado con su patrimonio personal. El cansancio social es real. Las sociedades ya no aceptan dictadores, monarquías ni caudillos disfrazados de redentores.
El futuro de Venezuela sigue abierto, pero una lección es ineludible: el antiyanquismo automático ya no moviliza conciencias. Lo que hoy exige la región es una evaluación crítica hacia adentro, una reconstrucción institucional y un rechazo frontal a cualquier proyecto que sacrifique libertad, prosperidad y democracia en nombre de ideologías fracasadas.

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