Cinco hombres de la misma familia aparecieron ejecutados en una camioneta abandonada sobre la Autopista Culiacán-Navolato. El crimen organizado los secuestró en la carretera Los Mochis-Ahome días antes. Una mujer fue liberada con signos de tortura. Los cuerpos tenían entre 17 y 38 años.
Culiacán, Sinaloa. — La camioneta Mitsubishi abandonada en el acotamiento de la Autopista Benito Juárez contenía la respuesta que las familias de los deudos temían confirmar. En la batea del vehículo, a la altura de la sindicatura de San Pedro en Navolato, peritos forenses localizaron los cinco cuerpos que correspondían a los hombres secuestrados días antes sobre la carretera Los Mochis-Ahome. Luis Ramón Flores Ceballos de 38 años, Luis Armando Flores Vallejo de 19, Juan Antonio Soto Espain de 29, José Ángel Soto Espain de 17 y Heriberto López Díaz de 30 viajaban desde Mazatlán con destino a la Villa de Ahome cuando células del crimen organizado fracturaron su trayecto familiar y lo convirtieron en ejecución colectiva.
El secuestro se produjo en plena carretera con una sexta víctima: una mujer, pareja sentimental de uno de los hombres ejecutados, quien fue liberada horas después del plagio con signos evidentes de tortura. Su testimonio silencioso habla de lo que el crimen organizado ejecutó antes de abandonar los cuerpos sobre la autopista que conecta Culiacán con Navolato. Los peritos trasladaron los cadáveres al Servicio Médico Forense para identificación oficial mediante pruebas periciales, un protocolo técnico que no borra la certeza de que una familia completa fue devorada por la disputa territorial en Sinaloa.
Los cinco hombres compartían lazos consanguíneos y un destino común desde Mazatlán hacia Ahome, un trayecto de aproximadamente 200 kilómetros que el crimen organizado convirtió en zona de exterminio selectivo. Las edades de las víctimas exponen la brutalidad indiscriminada: desde José Ángel Soto Espain de apenas 17 años hasta Luis Ramón Flores Ceballos de 38, una brecha generacional que el narco ejecutó sin distinción mientras dejaba con vida a la mujer torturada como mensaje territorial en el municipio de Ahome, donde las células criminales operan con impunidad suficiente para secuestrar familias completas en carreteras estatales.
La mujer liberada con tortura porta el testimonio que las autoridades estatales y federales parecen incapaces de traducir en justicia: los 200 kilómetros entre Mazatlán y Ahome operan bajo protocolos de exterminio donde viajar en familia se convirtió en sentencia de muerte colectiva.
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