No es intuición. Es formación. Sheinbaum cursó cuatro semestres de cálculo diferencial e integral. Su primer libro fue el "Calculus" de Tom M. Apostol, Volumen I —ese ladrillo de portada azul que cualquier estudiante de física, matemáticas o acturía de la Facultad de Ciencias de la UNAM recuerda con mezcla de respeto y pesadilla—. Sus primeros ejercicios universitarios fueron de lógica simbólica, la misma disciplina que establece con precisión cuándo una proposición es verdadera y cuándo es falsa. Lo sé porque compartí ese curso con ella. Cada vez que sube a un estrado y pronuncia la palabra "soberanía", su cerebro ya procesó el resultado: mentira. Y lo dice de todas formas.
El caso del Mencho y la relación México-EE.UU. la expone con una brutalidad cruda. Te explico:
El discurso oficial proclama: "México es soberano; hay cooperación sin subordinación". Apliquemos la lógica que ella misma aprendió. Modus Ponens básico: si existe soberanía real, el Estado mexicano controla su propia estrategia de seguridad. Pero los hechos son inapelables: la localización del objetivo, la inteligencia operativa y el diseño del plan de captura vinieron de Washington. México no dirigió la operación; la ejecutó. No hubo cooperación entre iguales; hubo una cadena de mando con un solo cerebro y muchos brazos, armas y recursos.
Si trasladamos el enunciado al terreno de la lógica simbólica (matemática), el esquema es sencillo:
P: México es soberano.
Q: México controla de manera autónoma la planificación estratégica de su seguridad nacional.
Regla: Si P, entonces Q.
El problema surge cuando los hechos reportados indican que la inteligencia crítica, la localización del objetivo y el diseño del operativo provinieron del aparato estadounidense. Si la premisa menor es No Q —es decir, ausencia de control estratégico propio—, la conclusión P se vuelve insostenible. No es un juicio ideológico; es una inconsistencia estructural.
Cuando la premisa mayor colapsa, la conclusión se derrumba con ella. Es una falsedad lógica.
El gobierno intenta preservar la narrativa apelando a la categoría de “cooperación”. Pero aquí emerge una ambigüedad conceptual relevante: cooperación supone horizontalidad decisoria; subordinación implica asimetría en la cadena de mando. Cuando la arquitectura operativa nace fuera del territorio nacional y el Estado mexicano actúa como ejecutor, el término “cooperación” opera más como eufemismo que verdad.
Lo que sigue es pura falacia de ambigüedad: llamar "cooperación" a la subordinación operativa es un fraude semántico. Es vestir con palabras elegantes lo que en los hechos fue una instrucción cumplida. Y cuando alguien te dice "somos soberanos porque somos soberanos", no te está explicando nada; te está distrayendo con una tautología vacía para que no preguntes quién diseñó realmente la misión.
La reducción al absurdo termina de desnudar el argumento: ¿de verdad nos pide que creamos que la inteligencia norteamericana se comparte sin condiciones, sin agenda, sin dominio? Ningún gobierno del mundo opera así. Mäs todavía: la muerte del Mencho durante el traslado no fue un accidente incómodo; fue el punto final de una operación que nunca perteneció a México. Un Estado que solo ejecuta planes ajenos no ejerce soberanía: administra su propia subordinación.
Claudia Sheinbaum no es una ignorante que repite consignas. Es una doctora en física que elige mentir con plena conciencia de que miente. Eso no la hace menos responsable; la hace más.
Así que guardemos el discurso de la soberanía; los tamales y el atole mañanero se lo pueden comer los de siempre. Ya sabes la verdad, después te platico lo que hemos calculado como resultado. Lección: los hechos no mienten. Las palabras, sí.

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