Por más de seis décadas, el régimen de Castro ha escrito una historia de terror que trasciende fronteras. Lo que comenzó como represión interna se transformó en una red criminal que abarca tres continentes, sostenida por complicidades internacionales y protegida bajo el disfraz de una revolución antiimperialista.
RG Revista — El calendario marca 67 años desde que Fidel Castro tomó el poder en Cuba. Pero los números que verdaderamente importan son otros: miles de ejecuciones extrajudiciales, decenas de invasiones y operaciones terroristas, centenares de miles de exiliados forzados, y una lista interminable de crímenes de lesa humanidad que permanecen impunes.
No existe delito que el régimen cubano no haya cometido. Desde el fusilamiento sistemático de opositores en los primeros años hasta el tráfico de personas y el narcotráfico contemporáneo, pasando por el terrorismo internacional, las invasiones militares y el apoyo a guerrillas que ensangrentaron América Latina durante décadas. Todo ejecutado con una particularidad que lo distingue: la impunidad soberana de un Estado que convirtió el crimen en política de gobierno.
La maquinaria represiva comenzó en casa. Los fusilamientos masivos en la fortaleza de La Cabaña, supervisados por Ernesto "Che" Guevara, establecieron el patrón: liquidación física de opositores, simulacros de juicio, propaganda revolucionaria. Lo que muchos observadores extranjeros interpretaron como "excesos revolucionarios" era, en realidad, la instalación metódica de un Estado terrorista.
Pero La Habana tenía ambiciones globales. En octubre de 1962, la crisis de los misiles colocó al mundo al borde de una guerra nuclear. Fidel Castro, lejos de buscar la paz, presionó a los soviéticos para lanzar las armas atómicas. "Si vamos a morir, que mueran todos", fue su lógica. Un genocida frustrado no por conciencia, sino por la negativa de Moscú.
La Guerra Fría convirtió a Cuba en la punta de lanza comunista en el hemisferio occidental. Campamentos de entrenamiento guerrillero recibieron a insurgentes de toda América Latina. El apoyo cubano a grupos armados dejó rastros de sangre desde México hasta Argentina: Montoneros en Argentina, Tupamaros en Uruguay, M-19 en Colombia, Sendero Luminoso en Perú, FMLN en El Salvador. La lista es tan extensa como brutal.
Mientras América Latina ardía, Cuba exportó su revolución armada a África. Decenas de miles de soldados cubanos combatieron en Angola, Etiopía, Mozambique y otros países africanos. Oficialmente, eran "misiones internacionalistas". En realidad, eran operaciones mercenarias financiadas por la Unión Soviética que prolongaron guerras civiles devastadoras y costaron cientos de miles de vidas.
El régimen de Mengistu en Etiopía, responsable del "Terror Rojo" que asesinó a medio millón de personas, fue sostenido por tropas y asesores cubanos. En Angola, la intervención militar cubana extendió una guerra civil que duró 27 años. Fidel Castro no llevó liberación a África; llevó muerte, ideología totalitaria y dependencia soviética.
La caída del muro y el rescate chavista
Cuando colapsó la Unión Soviética en 1991, el régimen cubano entró en agonía. El "Período Especial" sumió a la isla en una crisis humanitaria sin precedentes. Hambrunas, apagones perpetuos, colapso de servicios básicos. El pueblo cubano pagó el precio del aventurismo revolucionario de sus dictadores.
Washington y las democracias latinoamericanas calcularon que el régimen caería por su propio peso. Fue un error estratégico de proporciones históricas.
En 1999, Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela. Lo que siguió fue la operación de rescate más exitosa de un Estado fallido en la historia moderna. Petróleo venezolano a cambio de asesores cubanos. Miles de agentes de inteligencia, militares y operadores políticos cubanos invadieron Venezuela, no con tanques, sino con penetración institucional.
Chávez no solo salvó al régimen cubano; le entregó un país entero. Venezuela, la nación con las mayores reservas petroleras del planeta, se convirtió en colonia de una isla sin recursos. La paradoja era tan obscena como reveladora del genio criminal castrista.
El Foro de São Paulo: la Internacional del crimen organizado
El comunismo ya no necesitaba tanques soviéticos. Tenía algo mejor: el Foro de São Paulo, fundado por Lula da Silva y Fidel Castro en 1990. Esta organización, que agrupa a partidos de izquierda y movimientos sociales de toda América Latina, se convirtió en la estructura que coordinó la expansión del modelo cubano bajo apariencia democrática.
La estrategia era brillante en su perversidad: tomar el poder mediante elecciones, desmantelar instituciones democráticas desde dentro, establecer control sobre fuerzas armadas y aparatos de seguridad, y finalmente instalar dictaduras con fachada electoral. Venezuela fue el caso piloto. Nicaragua, Bolivia y Ecuador siguieron el manual.
Daniel Ortega en Nicaragua y Evo Morales en Bolivia implementaron el modelo con disciplina. Rafael Correa en Ecuador intentó su propia versión. En todos los casos, asesores cubanos estuvieron presentes en puestos clave de inteligencia y seguridad.
La cumbre de Panamá: el triunfo de la impunidad
El punto culminante llegó en abril de 2015, en la VII Cumbre de las Américas en Panamá. Por primera vez desde 1962, Cuba participó en este foro hemisférico. Raúl Castro fue recibido con honores, mientras el presidente Barack Obama estrechaba su mano ante las cámaras del mundo.
El mensaje era inequívoco: 67 años de crímenes quedaban perdonados sin juicio, sin reparación, sin justicia. El régimen cubano había logrado lo imposible: legitimación internacional manteniendo intacto su aparato represivo interno.
El Vaticano bajo el Papa Francisco bendijo el acercamiento. Europa celebró la "normalización". China, Rusia e Irán reforzaron sus alianzas con La Habana. El régimen más criminal del hemisferio había ganado la partida diplomática.
Los gobiernos paradictatoriales: cómplices democráticos
Hoy, el mapa geopolítico de América Latina muestra la extensión del poder cubano. México bajo López Obrador y ahora Sheinbaum, Brasil con Lula, Colombia bajo Petro, Chile con Boric, Honduras con Xiomara Castro. Todos mantienen relaciones privilegiadas con La Habana, todos repiten el mantra del "bloqueo" estadounidense, todos guardan silencio ante la represión del pueblo cubano.
Son gobiernos democráticos que funcionan como socios del crimen organizado transnacional. Otorgan legitimidad, refugio diplomático, apoyo en organismos internacionales y, sobre todo, permiten que el régimen cubano continúe sus operaciones criminales sin consecuencias.
España bajo Pedro Sánchez ha sido particularmente servil, abandonando a disidentes cubanos y validando la narrativa del régimen. La traición es doble: a los valores democráticos que España dice defender y a los cubanos que luchan por las mismas libertades que los españoles conquistaron tras el franquismo.
Venezuela: el narcoestado al servicio de Cuba
La crisis venezolana actual es el resultado directo de 25 años de dominación cubana. Nicolás Maduro no gobierna Venezuela; administra una colonia para La Habana. Diosdado Cabello, los hermanos Rodríguez, Vladimir Padrino López: todos operan bajo supervisión de inteligencia cubana.
El narcoestado venezolano—con vínculos probados con el Cartel de Sinaloa, las FARC disidentes y el Cartel de los Soles—es la empresa criminal más rentable que Cuba ha desarrollado. Cocaína, oro ilegal, tráfico de personas, todo transita por redes controladas desde La Habana.
Cuando el 3 de enero se sometió a Maduro a la justicia, Washington dio el primer paso serio en décadas para desmontar esta estructura. Pero el desafío es monumental: los mismos criminales que construyeron el narcoestado ahora negocian su desmantelamiento. Cuba sigue controlando la estrategia, apostando a que la administración Trump termine siendo el presidente número 14 que manipulan.
Médicos esclavos y soldados mercenarios
Mientras el mundo debate sobre derechos humanos, Cuba mantiene el programa de trabajo forzado más extenso del hemisferio: el envío de médicos al exterior. Estos profesionales no son cooperantes; son esclavos modernos cuyos salarios son confiscados en un 75% por el régimen. Brasil, Venezuela, Bolivia y otros países han sido cómplices de esta trata de personas disfrazada de solidaridad.
Recientemente, la dictadura cubana alcanzó un nuevo nivel de degradación: envío de tropas a Rusia para combatir en la invasión de Ucrania. Jóvenes cubanos, empobrecidos por el régimen, son vendidos como carne de cañón a Putin. La revolución que prometió liberación antiimperialista termina alquilando soldados al imperialismo ruso.
La falacia del bloqueo
Durante 67 años, el régimen cubano ha culpado al "bloqueo" estadounidense de todos sus fracasos. Es la mentira más exitosa de la propaganda castrista. Cuba comercia con 180 países, recibe miles de millones en remesas desde Estados Unidos, importa alimentos estadounidenses desde 2000 bajo la Ley de Reforma de Sanciones Comerciales.
El verdadero bloqueo es el que el régimen impone a su pueblo: prohibición de libertad de expresión, de movimiento, de asociación, de empresa. El bloqueo es que los cubanos no puedan acceder a internet sin vigilancia, no puedan elegir a sus gobernantes, no puedan reclamar justicia ante tribunales independientes porque no existen.
Lo que Estados Unidos mantiene es un embargo comercial legítimo contra un régimen criminal. Y aun ese embargo tiene más agujeros que un queso suizo. La miseria cubana no es producto de sanciones externas; es el resultado inevitable de un sistema totalitario y corrupto.
2026: el año de la decisión
La historia está llegando a un punto de inflexión. La operación contra Maduro abre una ventana de oportunidad que no se había presentado en décadas. Pero desmontar el narcoestado venezolano sin neutralizar el control cubano es como cortar las ramas sin arrancar la raíz.
La estabilidad de Estados Unidos y la seguridad de las democracias americanas exigen reconocer una verdad incómoda: mientras el régimen cubano mantenga el poder, seguirá exportando criminalidad, dictaduras y miseria. Ninguna cantidad de diálogo o distensión ha moderado su conducta en 67 años.
La solución no requiere invasión ni guerra. Requiere coordinación democrática hemisférica, aplicación rigurosa de sanciones, apoyo efectivo a la disidencia cubana, y sobre todo, voluntad política para romper con décadas de apaciguamiento.
El pueblo cubano, sumido en la oscuridad literal y figurada de apagones perpetuos, hambruna institucionalizada y represión sistemática, merece algo más que solidaridad retórica. Merece libertad. Y esa libertad solo llegará cuando el aparato criminal que gobierna desde La Habana sea finalmente desmantelado.
La enciclopedia del crimen
Fusilamiento de opositores. Campos de concentración para homosexuales. Secuestros internacionales. Magnicidios. Narcoestado. Tráfico de personas. Espionaje industrial. Ciber ataques. Apoyo a terrorismo internacional. Guerras mercenarias. Destrucción de economías nacionales. Genocidio por hambre...
La lista de crímenes del régimen cubano es, efectivamente, una enciclopedia. Pero las enciclopedias no se escriben solas. Cada página fue posible por complicidades internacionales, por cálculos políticos cínicos, por intelectuales que prefirieron la mitología revolucionaria a la verdad de las víctimas.
Sesenta y siete años después, la pregunta no es si el régimen cubano es criminal—eso quedó demostrado hace décadas. La pregunta es cuánto tiempo más el mundo democrático permitirá que esta enciclopedia del crimen siga escribiendo nuevos capítulos con la sangre de pueblos indefensos.
La respuesta a esa pregunta determinará si 2026 marca el principio del fin de la última dictadura del siglo XX, o si marca la consolidación del crimen organizado transnacional como forma de gobierno aceptable en el siglo XXI.
El reloj corre. La historia observa. Y el pueblo cubano espera.

