De los Valencia en Michoacán en los años noventa al cártel más violento de México: Nemesio Oseguera Cervantes construyó en tres décadas lo que ningún operativo previo logró desmantelar. Su muerte cierra un ciclo, pero la red que edificó sigue activa.
RG Revista — La historia de Nemesio Oseguera Cervantes no empezó en Tapalpa. Empezó en los años noventa, en Michoacán, en las filas del grupo conocido como los Valencia, también llamado Cártel del Milenio. Era un entorno criminal que formó a varios de los operadores más peligrosos del narcotráfico mexicano contemporáneo. El Mencho aprendió ahí la lógica de la organización, la disciplina del silencio y el valor operativo de la lealtad vertical. Lo que construyó después fue una versión amplificada y mucho más violenta de ese mismo modelo.
A partir del 2010, ya como líder del naciente Cártel Jalisco Nueva Generación, Oseguera Cervantes condujo a la organización con una brutalidad que la distinguió de sus contemporáneas: ataques directos contra fuerzas federales, emboscadas a helicópteros militares, bloqueos masivos como instrumento de presión política. El CJNG no negoció territorios con el Estado; los confrontó. Esa audacia le ganó enemigos institucionales de larga memoria y un expediente judicial creciente en dos países.
En mayo de 2016, Estados Unidos lo incluyó en su lista de fugitivos más buscados, requerido por una corte federal del Distrito Oeste de Texas. En agosto de 2018, la Fiscalía General de la República ofreció 30 millones de pesos de recompensa por información que llevara a su captura. En diciembre de 2024, el gobierno de Estados Unidos elevó la apuesta a 15 millones de dólares. Durante ese mismo período, el CJNG expandió su presencia a más de veinte estados mexicanos y estableció vínculos con redes de distribución en Europa, Asia y Oceanía. La recompensa crecía; el hombre seguía libre.
Lo que sostuvo esa impunidad durante tres décadas no fue solo la habilidad táctica de El Mencho para moverse entre la sierra jalisciense. Fue una combinación de inteligencia operativa —círculos de confianza reducidos, comunicaciones segmentadas, rotación permanente de refugios—, de recursos económicos prácticamente inagotables, y de una estructura organizacional diseñada para funcionar con o sin el líder visible. El CJNG bajo Oseguera Cervantes se convirtió en la organización criminal más poderosa de México no a pesar de la presión del Estado, sino en parte gracias a ella: cada operativo fallido reforzó su leyenda y su capacidad de reclutamiento.
La pregunta que su muerte deja abierta no es quién lo reemplazará —hay mandos regionales y cuadros operativos entrenados para eso— sino si el Estado mexicano aprendió algo de tres décadas de persecución. La captura definitiva llegó en el momento en que la inteligencia se volvió suficientemente precisa para localizar a una persona que había pasado años moviéndose entre la maleza. Ese nivel de precisión, sostenido como política de Estado en lugar de aplicado como golpe aislado, es lo único que puede alterar de manera duradera el mapa del crimen organizado en México.


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