Seis cuerpos ajenos a Huhuetlán el Grande abandonados al amanecer en un cerro. Es DO, dijo el gobernador Armenta. La puerta trasera de Puebla revela que el crimen organizado ya trazó su frontera sur a kilómetros de la capital.
Huehuetlán el Grande, Puebla. — Los encontraron al amanecer. Unos pobladores que se dirigían al campo vieron los cuerpos en el cerro de San Nicolás Huajuapan, en el municipio de Huehuetlán el Grande, y supieron de inmediato que habían sido abandonados la noche anterior. Cuatro hombres y dos mujeres. Nadie los conocía. Ninguno tenía rasgos propios de la comunidad. Todos presentaban impactos de arma de fuego y señales de violencia extrema.
La Fiscalía General del Estado de Puebla abrió una carpeta de investigación y aseguró indicios balísticos en el lugar. En conferencia de prensa, el gobernador Alejandro Armenta anunció que había contactado al presidente municipal y al secretario de Seguridad federal Omar García Harfuch vía mensaje de texto. Luego clasificó el hecho, sin investigación concluida, como obra de delincuencia organizada. La zona, aclaró la FGE, carece de cobertura telefónica. Por eso el reporte no llegó al 9-1-1. Por eso, también, nadie escuchó los disparos.
Huehuetlán el Grande no está en el sur remoto de Puebla. Limita al norte con el municipio de Puebla: es, literalmente, la puerta trasera de la capital. Y desde esa puerta se abre una geografía que explica por qué ese cerro despoblado fue elegido con precisión. Al sur, la ruta hacia Morelos, el tercer estado más violento del país según el Índice de Paz 2025, donde el 90 por ciento de sus habitantes afirma sentirse inseguro. Más al sur, Guerrero y Oaxaca, territorios en disputa entre Guerreros Unidos, el Cártel Jalisco Nueva Generación y La Familia Michoacana. Huehuetlán no es un destino. Es un punto de frontera entre organizaciones que pelean el corredor hacia el sur del país.
Que las seis víctimas sean ajenas a la comunidad descarta una riña local. En el lenguaje del crimen organizado, ese detalle habla de traslado: personas ejecutadas en otro territorio y depositadas en un cerro sin señal, con tiempo suficiente para actuar y retirarse antes del amanecer. La violencia excesiva que describen los pobladores tampoco es casual: cuando la brutalidad supera lo funcional, cumple una función comunicativa. El mensaje no es para Huehuetlán. Es para quien opera al sur de Puebla en ese punto.
El hallazgo no ocurre en el vacío. En las dos semanas previas, Puebla acumuló al menos ocho homicidios dolosos sin respuesta institucional efectiva: el matrimonio desaparecido el 19 de febrero y hallado sin vida en Chignahuapan, el doble feminicidio con machete en Pantepec —una mujer de 58 años y una niña de 13—, una menor apuñalada en la colonia El Salvador. Más de 800 ciudadanos formaron una cadena humana el 20 de febrero exigiendo justicia por los hechos en "Sala de Despecho", Angelópolis. Los seis cuerpos de Huehuetlán son un punto más en una geometría crimminal que se está dibujando a lo largo y ancho del estado.
La FGE informó que llevará a cabo las diligencias para el esclarecimiento de los hechos y que mantendrá informada a la ciudadanía. Nadie en Huehuetlán el Grande sabía quiénes eran esas seis personas. La pregunta más importante —quiénes los pusieron ahí y por qué— permanece, por ahora, en el mismo silencio que el cerro donde los encontraron.


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