La presidenta Claudia Sheinbaum ofreció a México como mediador entre Cuba y Estados Unidos, ignorando que Washington está reordenando el Caribe sin tolerancia a focos de resistencia. La división interna en Morena genera dualidad en política exterior que, además, amenaza el T-MEC.

RG Revista — Este jueves, la presidenta Claudia Sheinbaum declaró desde Palacio Nacional que México puede funcionar como "la nación que abra las puertas para que se desarrolle un diálogo" entre Cuba y Estados Unidos. "Nosotros tanto al Departamento de Estado como a través de la Embajada en México hemos planteado que México pone todo de su parte para generar un diálogo que permita, en el marco de la soberanía de Cuba, generar las condiciones para un diálogo pacífico", afirmó. La declaración revela una peligrosa incomprensión del momento geopolítico que vive la región y expone cómo la guerra civil interna en Morena está llevando al gobierno mexicano a tomar decisiones equivocadas en política exterior.

Porque lo que Sheinbaum no parece entender —o no puede admitir— es que Estados Unidos no busca diálogo con Cuba. Busca su rendición. La administración de Donald Trump, con Marco Rubio como secretario de Estado, está ejecutando una operación de reordenamiento total del Caribe que no admite excepciones. Cuba, por símbolo histórico, debe caer. Venezuela, por sus reservas petroleras, debe ser controlada. Y República Dominicana, convertida en refugio de la corrupción chavista, debe ser intervenida. No hay espacio para mediaciones románticas ni para principios de autodeterminación de los pueblos cuando Washington ha decidido recuperar el control absoluto de su patio trasero. Asistimos a una época de pragmatismo.

La posición de México en esta partida es delicada por geografía: Quintana Roo, Yucatán y Campeche son costa caribeña. Pero se vuelve insostenible por la división interna en Morena. La batalla entre "los puros" y "los gentiles" ha generado una dualidad paralizante en la política exterior mexicana. Por un lado, la presión de Washington exigiendo que México se quite de en medio, que no estorbe el reordenamiento, que garantice que el T-MEC no se convierta en rehén de romanticismos ideológicos. Por el otro, "los puros"Jesús Ramírez Cuevas, Adán Augusto López, Andy López Beltrán y su facción— empujando a la presidenta a través de AMLO hacia posturas que privilegian la ortodoxia sobre los intereses nacionales.

El resultado es un gobierno dubitativo que ya se equivocó con Venezuela y se está equivocando con Cuba. Cuando Sheinbaum dice "nosotros estamos enviando distinta ayuda, distinto apoyo, ya el día de hoy llegan los barcos, en cuanto regresen vamos a enviar más apoyo", está enviando un mensaje contradictorio. Públicamente se repliega ante Washington —dejó de enviar petróleo a la isla—, pero simultáneamente manda "ayuda humanitaria" como si Estados Unidos no lo estuviera monitoreando. Es la ilusión de que se puede quedar bien con Dios y con el diablo, cuando la realidad geopolítica no admite medias tintas.

El mensaje de Washington es claro y Sheinbaum se niega a escucharlo: Trump no está hablando de ocupar México ni de convertirlo en Estado libre asociado. Solo dice una cosa: "No se metan. Quítense de en medio". ¿Quiere ayuda humanitaria? Adelante, en su nombre. Pero no se meta en Cuba porque no le conviene. La presión política internacional para que caiga el régimen dictatorial socialistoide de Díaz-Canel crece cada semana. La gente en la isla enfrenta niveles de desnutrición peligrosísimos, no hay energía eléctrica, no hay comida. Y ese balón de oxígeno que Sheinbaum insiste en enviar a un gobierno que Estados Unidos ha decidido asfixiar hasta su colapso tendrá un costo político alto para México. La estrategia estadounidense no busca invasión sino rendición: presionar al régimen cubano hasta que las condiciones internas lo hagan insostenible, negociar su salida sin tener que desembarcar tropas, pero eliminando cualquier posibilidad de que Cuba siga siendo el símbolo antiestadounidense en el Caribe. Cada barco mexicano con ayuda retrasa ese colapso y acerca a Sheinbaum a una colisión con Washington que no puede ganar.

Díaz-Canel, el presidente cubano, ha lanzado "papelitos" de negociación, señales de que podría sentarse a platicar. Pero no tiene el poder que tuvo Hugo Chávez en Venezuela, quien era hijo predilecto de Fidel Castro a cambio de petróleo y miles de millones de dólares. Díaz-Canel llegó a la presidencia por sumisión total a los Castro y no puede hacer ese papel. En Venezuela, Diosdado Cabello ya lo dijo con claridad brutal: "Solo en caso de holocausto nuclear se podrá quitar la zarpa de Estados Unidos sobre Venezuela". Esto no tiene vuelta atrás.

La presidenta Sheinbaum enfrenta un dilema que define su sexenio. Su compromiso histórico es no traicionar a Andrés Manuel López Obrador, quien le heredó a "los puros" como guardianes ideológicos. Pero su deber constitucional es gobernar para México, lo que implica entender que en una época de violencia ciega y reordenamiento geopolítico, el comportamiento norteamericano en defensa de sus intereses no hace distinciones entre Venezuela, Cuba o México.

La apuesta de Sheinbaum por fungir como mediador no es ingenua: es la presión de "los puros" manifestándose en política exterior. Pero es una apuesta perdida desde el inicio. Washington no quiere mediadores mexicanos en el Caribe. Quiere que México se concentre en sus propios problemas —seguridad, migración, cárteles— y deje de estorbar un reordenamiento que considera estratégico para su seguridad nacional. La presidenta puede seguir defendiendo principios de autodeterminación y soberanía mientras envía barcos con ayuda. Pero cada día que pasa atrapada en esa dualidad, cada decisión equivocada en Cuba, es un día menos de margen de maniobra para cuando Washington decida que la paciencia se acabó.

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