La reforma electoral murió el 11 de marzo con dos sobrevivientes distintos. El plan B de Sheinbaum es estructural: capturar lo que no pudo por reforma constitucional. El de Monreal es personal: construir la candidatura presidencial de 2030.
Editorial
El 11 de marzo de 2026, mientras el Pleno de la Cámara de Diputados formalizaba la derrota de la reforma electoral con 259 votos a favor y 234 en contra, dos actores pronunciaron dos anuncios que suenan iguales pero que apuntan en direcciones distintas. La presidenta Claudia Sheinbaum dijo, horas antes de la votación: "ya presentaremos otras iniciativas." El coordinador parlamentario Ricardo Monreal dijo, desde el podio del Pleno: "comenzaremos a construir el plan B de la reforma electoral, porque no vamos a rendirnos, no vamos a claudicar." Ambos llamaron a lo que viene "plan B". No es el mismo plan.
El plan B de Sheinbaum es institucional, estructural y no requiere su presencia personal en ningún distrito electoral. Consiste en mover por las vías que no necesitan mayoría calificada lo que no pudo moverse por reforma constitucional. La legislación secundaria que enviará esta semana regulará plataformas digitales, normas de fiscalización y procedimientos electorales con mayoría simple. La convocatoria para renovar los tres consejeros del INE que concluyen en abril avanzará con la mayoría calificada que Morena sí tiene para acuerdos institucionales. Y las "otras iniciativas" que anunció sin describir señalan que el proyecto constitucional no se archiva: se pospone hasta que la aritmética mejore o los aliados cedan. El plan B de Sheinbaum no tiene una cara. Tiene una dirección.
El plan B de Monreal tiene una cara muy precisa: la suya. El anuncio de recorrer el país "distrito nacional, distrito electoral por distrito" para explicar la reforma y escuchar a la ciudadanía no es una estrategia legislativa. La legislación no se construye en los distritos. Se construye en el Congreso, en las comisiones, en la Junta de Coordinación Política, exactamente donde Monreal ha operado durante años con notable eficacia. Un coordinador parlamentario que sale a recorrer distritos no está buscando votos para una reforma. Está buscando visibilidad territorial para algo que todavía no tiene nombre oficial pero que la trayectoria de Ricardo Monreal hace perfectamente legible: una candidatura presidencial.
La evidencia no es nueva. En el proceso de selección interna de Morena previo a la elección presidencial de 2024, Monreal fue el único de los aspirantes que construyó una base territorial propia antes del proceso formal, recorrió el país con una agenda paralela a la de la dirigencia y llegó al momento de la definición con suficiente capital político como para negociar su retiro en términos favorables. No ganó la candidatura. Ganó el cargo de coordinador parlamentario con la mayoría más grande en la historia reciente del Congreso y la promesa implícita de que operaría la agenda legislativa de la presidenta. Ese acuerdo funcionó mientras la agenda avanzaba. La derrota de la reforma electoral lo modifica: Monreal necesita ahora una nueva plataforma que justifique su presencia en el espacio público más allá de la coordinación parlamentaria. El recorrido distrito por distrito es esa plataforma.
La inferencia se vuelve más sólida cuando se lee el discurso del 11 de marzo con esa clave. Monreal citó a Churchill —"el éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal, lo que cuenta es el valor para continuar"— en un contexto donde el fracaso es el de la reforma, pero el sujeto que continúa es él. Habló de la "razón histórica, moral y política" que le asiste. Prometió que "cuando ese momento llegue, México sabrá perfectamente quién estuvo de su lado." Son frases de un político que se está posicionando para una disputa futura, no de un legislador que reporta a su bancada. El registro es el del candidato que construye su relato de resistencia, no el del operador que gestiona una derrota legislativa.
La tensión entre los dos planes B es real y tiene consecuencias que conviene nombrar. Sheinbaum necesita a Monreal como operador legislativo: nadie en la bancada de Morena tiene su experiencia parlamentaria, su red de relaciones con la oposición —el mismo discurso en que atacó a PAN, PRI y MC les agradeció por nombre y apellido el acuerdo de la ASF del día anterior— ni su capacidad de administrar derrotas sin fracturar coaliciones. Ese perfil es insustituible en el corto plazo. Pero un Monreal que recorre distritos con una bandera propia, construyendo base territorial y capital popular independiente de la presidenta, es un activo que en algún punto se convierte en competencia. El mismo movimiento que hoy le es útil a Sheinbaum es el que en 2029 puede convertirse en un problema.
Hay una última lectura que el discurso del 11 de marzo sugiere y que ningún análisis inmediato ha formulado con claridad. Monreal dijo: "Las ideas que nacen del pueblo se terminan convirtiendo en ley, tarde o temprano." La frase suena a consolación. Leída en clave de calendario electoral, es una declaración de intenciones con fecha implícita. "Tarde o temprano" es, en la política mexicana de este ciclo, 2027 si la mayoría se mantiene o amplía, y 2030 si el modelo consolida su segunda vuelta. El coordinador parlamentario que hoy recorre distritos explicando una reforma derrotada es el precandidato presidencial que en tres años explicará por qué la transformación necesita un segundo conductor después de AMLO. No es una certeza. Es la inferencia más sólida disponible con los datos del 11 de marzo.

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