Para entender lo que viene, hay que entender primero quién decide.
La figura del gran elector no es nueva en Puebla ni en México. Es la versión descarnada del poder: quien controla los recursos, los tiempos y la exposición pública de los aspirantes, controla el resultado. Armenta no necesita decirlo en voz alta. Lo ejerce.
La evidencia más visible está en su propio gabinete. La Secretaría de Bienestar estatal —con sus pipas de agua, sus delegados en los cuatro distritos federales de la capital y la mayoría de los presidentes de juntas auxiliares ya sumados a su estructura— no es solo una dependencia de gobierno. Es la red territorial más eficiente que cualquier candidato podría desear. Su titular, Laura Artemisa García Chávez, no necesita construir una organización desde cero: ya la tiene, financiada con recursos públicos, desplegada antes de que empiece formalmente el proceso. Lo mismo ocurre con el coordinador del gabinete estatal, José Luis García Parra, cuya permanencia en la puja —pese a números que no acompañan— tiene una explicación más sencilla que cualquier encuesta: el gobernador lo sostiene.
Pero el control no se detiene en Morena. Ahí está lo que convierte el proceso electoral Puebla 2027, en algo distinto a la disputa interna de un partido.
El Partido Revolucionario Institucional en Puebla tiene hoy una presidenta estatal, Xitlalic Ceja García, cuyo vínculo con el ex gobernador Mario Marín Torres no es ideológico ni casual: es de padrinazgo. Sí, el mismo Marín Torres —como amalgama— que hizo a Armenta secretario de Desarrollo Social y presidente del PRI estatal antes de que el hoy gobernador migrara a Morena —no por ruptura, sino por sobrevivencia política pactada del grupo.
Y ya se sabe: las lealtades que se forjan en esa clase de trayectoria no se disuelven con un cambio de membresía partidaria.
El Partido Acción Nacional presenta un patrón igualmente revelador. Su presidente estatal, Mario Riestra Piña, inició su carrera política en el entorno del gobierno de Melquiades Morales, donde su padre fue Coordinador de Asesores. Conoce a Armenta desde entonces.
En toda su etapa como líder panista en Puebla, no hay registro de una sola crítica al gobernador. Sus dardos apuntan sistemáticamente a presidentes municipales, nunca al ejecutivo estatal. Ese silencio no es omisión: es una posición, un pacto inconfesable.
Y Movimiento Ciudadano, cuya dirigencia formal recae en Fedra Suriano Corrales desde noviembre pasado, opera en la práctica con otro centro de decisión: Fernando Morales Martínez, hijo del ex gobernador Melquiades Morales, muy cercano a Dante Delgado Ranauro, líder nacional del partido y, por supuesto, íntimo del gobernador Armenta. El PVEM y el PT, son satélites controlados
¿Qué tenemos? Un partido mayoritario y un bloque oficialista, tres partidos de "oposición" y liderazgos con línea directa al mismo centro de poder.
Así que la elección de 2027 en Puebla no será una competencia entre proyectos. Será una distribución negociada de espacios, con un árbitro que también juega y que sabe que en 2027 comienza, en serio, su propia sucesión.
La pregunta que esta columna responderá en las próximas entregas no es quién va a ganar —eso ya está en proceso de definición. La pregunta es cuánto margen queda para las sorpresas.

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