Arkhé Adiós, Alejandro Burillo Azcárraga Por Horacio De la Cruz.
Fue en 1993 cuando mi amigo Juan Bustillos Orozco (QEPD) me pidió iniciar los trámites para retirar los sellos de clausura del Estadio Cuauhtémoc y preparar su reapertura, a fin de que el equipo de Primera División volviera a su casa.

Me reuní entonces con el tesorero municipal, Omar Álvarez Arronte. Aquella gestión, que en apariencia era administrativa, tenía en realidad un trasfondo más profundo: devolverle a Puebla una parte de su identidad colectiva.

El Puebla regresó a su estadio y la afición pudo reencontrarse con su equipo. Pero conviene decirlo sin ambages: el verdadero sostén del club —quien lo llevó a la cima de los campeonatos en la temporada 89/90 y más allá— fue Juan Bustillos Orozco. Inversionista y financiero, arriesgó incluso la estabilidad de su empresa editorial mediante créditos y maniobras financieras audaces que operamos Jesús Sotelo y yo, para mantener con vida al equipo. Otros ocuparon cargos de presidencia o vicepresidencia, sí, pero más como depositarios de una deferencia personal de Juan que como auténticos inversores del proyecto.

Me correspondió negociar el “traspaso” de “La Franja” a los hermanos Thomas Kiwus. Antes, nos reunimos en el restaurante La Palma: Miguel Ángel Couchonal, Alejandro Burillo Azcárraga, Juan Bustillos Orozco y yo, en mi calidad de vicepresidente de Administración y Operaciones del Puebla F.C. Aquella mesa no sólo fue testigo de una transacción deportiva; también lo fue de decisiones que involucraban intereses empresariales más amplios, como la FM 98.7 “Sí FM” de Puebla y el periódico Cambio.

Con el paso del tiempo, he escuchado versiones que adjudican a otros la propiedad del Puebla y les atribuyen gestas casi épicas frente a las televisoras, cuando sólo lucraron con una posición prestada. No deja de sorprenderme la facilidad con la que la memoria colectiva se deforma: entre el olvido y las crónicas superficiales, la verdad suele quedar deformada frecuentemente por estafadores y cuentacuentos.

Recuerdo con claridad que, tras exponerle a Alejandro Burillo el estado financiero y fiscal en que se había logrado encauzar al club, me agradeció con una cortesía que no era obligada. Era mi trabajo, ciertamente, pero su gesto revelaba una cualidad escasa: el reconocimiento al esfuerzo.

La vida, caprichosa, me llevó después al ámbito teatral. Desde ahí gestioné, con Alfonso Durazo y Carlos Salomón Cámara, el uso del Teatro de la Ciudad de México. Eran tiempos marcados aún por la sombra del magnicidio de Luis Donaldo Colosio, y ambos encontraban entonces cobijo en la administración de Manuel Aguilera Gómez, regente del Distrito Federal.

Invité a Alejandro Burillo Azcárraga como padrino de cien representaciones. Aceptó. Llegó, como siempre, impecable, acompañado de una mujer cuya elegancia parecía dialogar con el brillo esmeralda de su atuendo y el color de sus ojos. Antes de iniciar, me preguntó si asistiría Manuel Aguilera. Ante mi respuesta afirmativa, me pidió —sin rodeos— evitar cualquier encuentro. Cumplí, de manera muy apretada, aquella solicitud.

El Puebla tomó otro rumbo. Una noche en el Estadio Cuauhtémoc, durante una pelea de Julio César Chávez. Juan y yo, entre amigos, compartimos la velada en proximidad con Manuel Bartlett Díaz, entonces gobernador de Puebla. Más tarde, en la cena, Bustillos me preguntó si extrañaba el fútbol. Le confesé que sí: que la intensidad de aquel tiempo había dejado una huella, una nostalgia que se activaba cada vez que pasaba frente al estadio, al “gigante” que alguna vez fue también mío en una pequeña parte: jamás volví al palco que abandoné y donde mis hijos, de niños, vieron los partidos del Puebla.

Poco después, por encargo suyo, acudí a Televisa Chapultepec acompañado de Jesús Sotelo para negociar con Miguel Ángel Couchonal la compra de un equipo de Primera A en Acapulco. Así nacieron “Los Guerreros de Acapulco”. El partido inaugural, con cerveza gratuita sin límite a toda la afición, fue tan desmesurado como festivo: la cuenta superó a la diversión. Sin embargo, Juan vivió aquella jornada como una de las ‘pedas’ más felices de su vida, me comentó.

Meses después vi a Alejandro en La Palma. No me acerqué a saludarlo; sólo al pasar dije: “Señor, buenas tardes”. Cuando estaba por salir, él se levantó de su mesa y yo caminé unos pasos para despedirme. “¿Ya te vas?, ¿cómo has estado?, ¿cómo está Juan?”. Le comenté que ya no trabajaba en Publicaciones Llergo, casa editorial de IMPACTO y Alarma; Alejandro ya lo sabía. De manera informal me dio su tarjeta, no sin antes decirme: “Te invito al América. Ando buscando un buen administrador”. Le agradecí la generosidad. Tenía otros planes. Días después pasé por su oficina y dejé una carta breve de agradecimiento. Me fui siete meses de vacaciones tras años sin descanso.

Hoy que Alejandro Burillo Azcárraga ha partido, conviene recordarlo en su justa dimensión. No como figura de magnate ni como nombre circunstancial, sino como alguien que, en un momento crucial, invirtió millones de dólares, visión y voluntad para sostener al Puebla y, con él, a una afición entera.

En tiempos donde la memoria suele ser frágil o interesada, el testimonio adquiere un valor particular. Este es el mío.

Señor Alejandro Burillo Azcárraga, como siempre, mi respeto y mi admiración. Descanse en paz.

alejandro burillo azcarraga, juan bustillos orozco, omar alvarez arronte, jesus sotelo, thomas kiwus, miguel angel couchonal, alfonso durazo, carlos salomon camara, luis donaldo colosio, manuel aguilera gomez, julio cesar chavez, manuel bartlett diaz