La cumbre progresista celebrada en Barcelona proyectó una imagen de cohesión política y capacidad de articulación internacional. Sin embargo, ese despliegue contrasta con la ausencia de una discusión sustantiva sobre los problemas estructurales que enfrentan los países representados.
INFOSTOCKMX — El discurso dominante —centrado en soberanía, multilateralismo y oposición a Donald Trump— desplazó del debate variables críticas como, crecimiento, deuda, productividad, inversión, informalidad o sostenibilidad fiscal. Esta omisión no es menor: define la brecha entre narrativa política y desempeño económico.
En el caso de México, los modelos cuantitativos de Mexconomy muestran señales de agotamiento estructural: caída de la productividad total de los factores, estancamiento de la inversión privada, persistencia de la informalidad y presión creciente sobre la deuda pública en un entorno de tasas superiores al crecimiento. Bajo estas condiciones, los avances redistributivos pierden capacidad de sostenerse en el tiempo.
A esto se suma una dimensión frecuentemente omitida en la narrativa internacional de la izquierda progresista: la debilidad de la capacidad estatal en materia de seguridad y control territorial. La expansión de economías ilícitas, el fenómeno del narcotráfico transnacional y la persistencia expansionista del crimen y la impunidad, reflejan restricciones institucionales que inciden directamente en la actividad económica, la confianza, la inversión y la pérdida de oportunidades.
El problema no es exclusivamente económico ni exclusivamente político: es sistémico. El "PROGRESISMO" es un modelo que redistribuye sin elevar productividad, que mantiene alta informalidad y que no logra consolidar el Estado de derecho que enfrenta límites inevitables.
En este contexto, la geopolítica “progresista” corre el riesgo de operar como un mecanismo de desplazamiento del debate. La confrontación externa y la construcción de bloques discursivos pueden reforzar cohesión política, pero no sustituyen la necesidad de corregir fallas estructurales internas.
Barcelona, en este sentido, no solo fue un punto de encuentro político. También evidenció un vacío: la falta de una agenda económica e institucional capaz de sostener en el tiempo los principios que el propio bloque dice defender.


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