HIPÓTESIS
Fernando Manzanilla: El operador que Armenta no vio venir
HIPÓTESIS | Política en Puebla para iniciados
Fernando Manzanilla gestionó el pacto Salinas-Moreno Valle para una candidatura presidencial. Sobrevivió la muerte de su cuñado, dos gobiernos más y varias derrotas. Hoy opera para Genoveva Huerta. La política en Puebla no es de ideologías: los partidos son vestuario. Y Manzanilla lleva décadas cambiándoselo.

Hay actores políticos que se entienden por el partido que ostentan. Y hay actores que solo se entienden por la trayectoria que los define a lo largo de décadas, independientemente del logotipo que usen en cada temporada. Fernando Manzanilla Prieto pertenece a la segunda categoría. No porque sea un idealista que trasciende las etiquetas —sino porque nunca ha necesitado creer en nada para conseguir lo que busca: Poder. Su historia es, en miniatura, la historia del poder en Puebla: sin principios fijos, sin lealtades permanentes, sin más brújula que el interés.

Todo empieza, como tantas cosas en la política poblana, en el gobierno de Melquiades Morales Flores. Ahí inició su participación política la familia Riestra Piña (su padre, QEPD, antes, con Manuel Bartlett Díaz). Ahí comenzó Fernando Manzanilla Prieto, como subsecretario de Egresos —el funcionario que controla el flujo del dinero público. No es un dato menor: quien maneja los egresos en un gobierno aprende muy rápido quién necesita qué, a qué precio y con qué consecuencias si no paga.

No es una coincidencia que tantos actores del poder político de Puebla 2027 tengan el mismo punto de origen. Es la evidencia de que en Puebla el poder no se construye desde los partidos sino desde las redes —y que las redes más duraderas son las que se forman en el gobierno, donde las lealtades se sellan con recursos y con secretos compartidos. Manzanilla aprendió esa lección antes que nadie. Y la ha aplicado sin escrúpulos desde entonces.

El operador y el político

Durante el gobierno de Rafael Moreno Valle Rosas, Fernando Manzanilla fue secretario de Gobernación estatal. Cuñado del gobernador —se casó con la hermana de Moreno Valle— y operador de sus gestiones más delicadas. La combinación de sangre y utilidad lo colocó en una posición que pocos alcanzan: el hombre que sabe todo porque hace todo lo que el principal no puede hacer en persona.

Una de esas gestiones define a Manzanilla mejor que cualquier currículum oficial.

Cuando Rafael Moreno Valle construía su proyecto de candidatura presidencial, necesitaba un respaldo que ningún panista podía pedir en público: el de Carlos Salinas de Gortari. La contradicción política era obvia —un gobernador del PAN no podía aparecer sentado con el ex presidente más controvertido del sistema político mexicano del siglo XX. Pero en la política mexicana real, lo que no puede hacerse en público puede hacerse en privado, o con el intermediario correcto.

Un periodista —amigo ya fallecido— consiguió la reunión. Fernando Manzanilla fue enviado como representante de Moreno Valle. Tras el encuentro en el Paseo de la Reforma, ya entre amigos, Manzanilla festejó a lo grande —muy grande— el pacto. El motivo era, desde su perspectiva, histórico: Carlos Salinas de Gortari se comprometía a apoyar a Rafael Moreno Valle para la presidencia de la República. Que ese pacto requiriera al hombre más cuestionado de la política mexicana moderna para sostenerse no pareció incomodar al festejo, todo lo contrario, lo incrementó.

Manzanilla no era el protagonista del pacto. Era el puente. Y esa es exactamente la función que define toda su trayectoria: el operador que hace posible la reunión que el político principal no puede tener en persona. El que sube al mercedes blindado de Salinas y pasea por Reforma cuando el que debería dialogar no puede ser visto. El que celebra victorias ajenas como si fueran propias —porque en su lógica, facilitar el poder es una forma de tenerlo.

La versión que circuló y la que no

La versión más difundida sobre la relación Manzanilla-Moreno Valle es que el gobernador lo destituyó al enterarse de que financiaba una estructura paralela para tomar el PAN desde adentro. Esa versión, popularmente extendida y respaldada por algunas evidencias periodísticas de la época, describe con precisión el método de Manzanilla —construir estructuras paralelas es exactamente lo que hace— pero no fue la historia real en ese momento. Siguieron conviviendo. Manzanilla continuó operando los encargos de Moreno Valle como la candidatura presidencial que el pacto de Reforma había comenzado a construir.

Que la versión del rompimiento haya circulado con tanta fuerza dice algo sobre la reputación que Manzanilla se había ganado: era completamente creíble que lo hubiera hecho. En política, cuando una traición parece obvia a todos aunque no haya ocurrido todavía, es porque tu historial ya la anticipó.

El 24 de diciembre de 2018, un accidente aéreo mató a Rafael Moreno Valle y a Martha Erika Alonso —gobernadora electa de Puebla, esposa de Moreno Valle. En un solo día Manzanilla perdió a su cuñado, a la gobernadora de Puebla y al proyecto político al que había dedicado años de operación.

Lo que vino después no es la historia de un hombre que guarda luto. Es la historia de un operador que, antes de que el polvo se asentara, ya estaba buscando el siguiente escalón.

Las migraciones

Tras la muerte de Moreno Valle y Martha Erika, Manzanilla reapareció apoyando proyectos ligados a Andrés Manuel López Obrador y a Morena —el movimiento que durante años había sido el adversario ideológico del proyecto al que sirvió. Ganó una diputación federal vía PES, el partido satélite de Morena que perdió su registro en 2021. El salto no requirió explicación pública. Nunca la requiere cuando el objetivo es el mismo y solo cambia el vehículo.

Con Miguel Barbosa como gobernador retomó influencia en el gobierno estatal como secretario de Gobernación de donde salió enfrentado. Intentó impulsar a Ignacio Mier Velazco para la gubernatura de Puebla. No funcionó. Regresa al PAN —no como dirigente formal sino como operador en las sombras— para impulsar a Genoveva Huerta Villegas como su nueva carta para dominar estructuras internas.

Su operación en el PAN es respaldada por Mario Riestra Piña —antes su adversario— con la mediación de la propia Genoveva Huerta. El hombre que una vez fue enemigo de Riestra ahora es su aliado. En el universo de Manzanilla, esa transición no requiere reconciliación. Requiere utilidad mutua. Y mientras dure, funciona.

Lo que Manzanilla sabe que otros no saben

La trayectoria de Fernando Manzanilla Prieto no es la de un idealista traicionado por las circunstancias ni la de un oportunista sin método. Es la de un estratega frío con un objetivo persistente —el poder en Puebla, con la alcaldía de la capital como primer escalón— que ha sobrevivido a la caída del PRI, al auge y muerte de Moreno Valle, a dos gobiernos de Morena y a más derrotas internas de las que cualquier político ordinario resistiría.

Sobrevive porque sabe cosas que no conviene que se sepan. Porque gestionó reuniones que no deben nombrarse en voz alta. Porque estuvo en cuartos donde se tomaron decisiones que nunca se documentaron. Porque conoce las redes de poder de Puebla —y de México— desde adentro, desde hace décadas, desde que controlaba el flujo del dinero público en un gobierno que formó a actores políticos relevantes.

Y sobrevive porque no le cuesta nada cambiar. Intimidar al contrario hoy y sentarse con él mañana. Traicionar al aliado cuando el aliado ya no es útil. Mudar de partido con la misma naturalidad con que otros cambian de traje. En la política poblana eso no es una anomalía —es una habilidad. Y Manzanilla la ha perfeccionado durante treinta años.

Hoy opera la candidatura de Genoveva Huerta en el partido que el gran elector necesita que no gane. En ese sentido, su función actual es la más irónica de toda su trayectoria: el operador que gestionó el pacto más ambicioso de la política poblana reciente trabaja ahora en una candidatura cuyo destino más probable, en el esquema que esta columna ha documentado, es perder con dignidad.

Pero hay una pregunta que el esquema del gran elector debería hacerse antes de dormirse tranquilo: ¿cuándo fue la última vez que Fernando Manzanilla Prieto operó una candidatura solo para que perdiera?

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