HIPÓTESIS
El poder de los marginados
HIPÓTESIS | Política en Puebla para iniciados
En toda estructura de poder hay dos listas. La que se publica y la que importa. La primera tiene nombres, cargos y fotografías de sonrisas institucionales. La segunda tiene a los que fueron convocados y a los que no. En Puebla, la segunda lista de Alejandro Armenta es tan reveladora como la primera — y considerablemente más larga.

El proceso de selección de candidatos de Morena para las elecciones de 2027 no ha comenzado formalmente. Pero sus resultados ya están siendo escritos. Y quienes no aparecen en el borrador han comenzado a entender que su exclusión no es un descuido administrativo. Es una estrategia.

Dentro de Morena en Puebla conviven dos partidos que usan el mismo logotipo. El primero es el partido del gobernador: funcionarios en activo haciendo precampaña con recursos públicos, operadores con deuda de sobrevivencia política, perfiles reclutados de otras tradiciones partidarias que llegaron cuando Morena ya era poder y no cuando era movimiento. El segundo es el partido de los fundadores: los que construyeron la estructura antes de que hubiera cargos que repartir, los que militaron cuando militar en Morena no tenía premio y sí tenía costo.

Lo que el armentismo está haciendo con ese segundo partido es simple y brutal: dejarlo sin posiciones. Diputaciones federales, diputaciones locales, presidencias municipales principales — el reparto que se está diseñando favorece abrumadoramente a los perfiles del grupo gobernante y margina sistemáticamente a los militantes de origen. La incógnita que nadie ha respondido todavía es qué harán esos militantes cuando llegue el momento de movilizar el voto por candidatos que no son los suyos.

Pueden disciplinarse y aceptar. Pueden hacer pasividad electoral — apoyar formalmente sin mover un solo voto. O pueden jugarle las contras al grupo gobernante desde adentro, saboteando candidaturas con la eficiencia que solo tiene quien conoce la estructura desde sus cimientos.

En los distritos federales de la capital que el armentismo reconoce internamente como focos rojos, la diferencia entre una base movilizada y una base pasiva puede ser exactamente el margen que separa ganar de perder. El gran elector puede designar candidatos. No puede obligar a sus propias bases a creer en ellos.

Los aspirantes que el gran elector no quiere ver crecer

Hay dos nombres que concentran la tensión más visible entre el armentismo y el resto de Morena en Puebla. No son candidatos a una alcaldía ni a una diputación. Son aspirantes a la gubernatura de 2030. Y eso los convierte en el problema más delicado que Armenta tiene que administrar antes de que empiece formalmente el proceso electoral.

El senador Ignacio Mier Velazco tiene red territorial, experiencia legislativa y una presencia en la zona centro-sur del estado que ningún operador del armentismo puede sustituir con una comisión de microrregión. Su hijo Ignacio Mier Bañuelos disputa el Distrito 8 con cabecera en Ciudad Serdán contra el candidato del gobernador en lo que las fuentes describen como el choque más encendido del proceso distrital — en la región considerada la más peligrosa del estado. Que Mier Velazco haya decidido pelear ese distrito en lugar de negociarlo dice todo sobre el nivel de la tensión.

Sergio Salomón Céspedes Peregrina recorrió el camino inverso. Fue gobernador interino tras la muerte de Miguel Barbosa. Pretendió ser candidato a la alcaldía de Puebla capital. No pudo. Pretendió quedarse en la circunscripción nacional de Morena — terminó como delegado en Tabasco, el estado donde Andrés Manuel López Beltrán muy probablemente obtendrá una candidatura. Hoy busca una diputación federal plurinominal para no desaparecer del mapa político de Puebla. En México, uno no se retira de la política. La política te retira. Y Salomón está en ese proceso — no retirado todavía, pero empujado hacia los márgenes por el mismo partido que lo tuvo como gobernador hace menos de dos años.

Lo que ambos tienen en común es más relevante que sus diferencias: ninguno fue convocado, ninguno fue sumado, ninguno recibió la llamada que en la política mexicana significa que el que manda te considera parte del proyecto. Esa ausencia de llamada no es neutral. Es un mensaje.

Claudia Rivera

Si hay un caso que ilustra con precisión por qué excluir a alguien del proceso no es lo mismo que sacarlo del tablero, es el de Claudia Rivera Vivanco.

Rivera Vivanco no es una recién llegada. Es militante fundadora de Morena en Puebla — consejera estatal y secretaria de Diversidad Sexual del partido desde sus inicios, cuando militar en Morena no tenía premio. Fue presidenta municipal de Puebla capital. Buscó la reelección y perdió frente a Eduardo Rivera Pérez del PAN. Perdió el cargo pero mantuvo la estructura — y eso, en política, vale más que el cargo.

Hoy es diputada federal y quiere la alcaldía de la capital. El armentismo le ofrece Tepeaca. Cualquier municipio menos Puebla. Ella no cede. Su equipo reporta números buenos en encuestas internas. Y tiene algo que ningún perfil del armentismo tiene: militancia de origen, derrota asimilada y red territorial construida desde abajo.

Pero el dato que el armentismo debería haber procesado antes de intentar desplazarla no está en sus números ni en su estructura. Está en su madre.

Eloísa Vivanco Esquide no es solo la madre de una aspirante y diputada federal. Es ex consejera estatal de Morena y ex presidenta de la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia del partido — el órgano que decide quién es disciplinado y quién no dentro de Morena a nivel nacional. Tiene cercanía directa con Andrés Manuel López Obrador. En la arquitectura de poder de Morena, esa posición no es decorativa. Es la capacidad de intervenir en la viabilidad de cualquier candidatura cuando el momento lo requiere.

El armentismo le ofreció Tepeaca a Claudia Rivera Vivanco. Lo que no calculó es que detrás de ella hay una red que llega hasta donde el gobernador de Puebla no puede seguirla. Si Laura Artemisa García Chávez continúa estancada, o peor, cae en las preferencias electorales, Claudia Rivera Vivanco va a tener que asumir la candidatura por Puebla capital.

Esthela Damián

En el centro de este conflicto opera una figura que todavía no ha mostrado todas sus cartas. Esthela Damián Peralta, consejera jurídica de la presidencia y delegada del CEN de Morena en Puebla designada por Claudia Sheinbaum, tiene sobre la mesa una decisión que definirá el proceso antes de que empiece formalmente: ¿a qué grupos sumará para entregar buenos resultados electorales a la presidenta?

Si suma a todos — a Rivera Vivanco y Carvajal Hidalgo en la capital, a los grupos de Mier y de Salomón, a los militantes fundadores que el armentismo está dejando sin posiciones — el mensaje es que Sheinbaum quiere unidad real, no unidad armentista. Que el proceso tiene apertura genuina. Que el gran elector tiene un árbitro que no le pertenece.

Si los margina o los ignora, el mensaje es el contrario: el gobernador tiene el proceso y la presidenta lo avala.

Hay un indicador concreto y verificable para responder esa pregunta: ¿los aspirantes del gobernador — Laura Artemisa García Chávez, José Luis García Parra, Gabriela Sánchez Saavedra, Celina Peña Guzmán — renunciarán a sus cargos públicos antes de hacer campaña, o seguirán usándolos como plataforma? Si renuncian, hay señal de equidad. Si no renuncian, hay visto bueno para usar el aparato.

Hasta hoy, ninguno ha renunciado.

Lo que la exclusión produce

La política tiene una lógica que los aparatos de poder suelen olvidar cuando se sienten cómodos: los excluidos no desaparecen. Se reorganizan. Y cuando se reorganizan sin nada que perder dentro del sistema que los excluyó, se convierten en el factor más impredecible de cualquier proceso electoral.

Morena llegó al poder en Puebla con una promesa de inclusión que su propio proceso interno está contradiciendo. Los militantes fundadores que construyeron el partido están siendo desplazados por expriistas, por neomorenistas y por los hijos de quienes financiaron al marinismo que el movimiento prometió superar. Los aspirantes con agenda propia están siendo reducidos a su mínima expresión para que no representen una amenaza en 2030.

Y en los distritos donde Morena tiene focos rojos documentados, donde el hartazgo ciudadano es real y donde la diferencia entre ganar y perder se mide en márgenes estrechos, la variable que el gran elector no controla es exactamente esa: la motivación de sus propias bases para movilizarse por candidatos que no reconocen como suyos.

Armenta no invita a varios actores relevantes de su propio partido. Esos actores no se han ido. Están ahí, observando, esperando el momento en que su ausencia del proceso se convierta en su mayor instrumento de presión.

Aún con todo esto es Morena, no el PRI, y en política, los que no fueron invitados a la mesa suelen decidir quién se levanta primero; es cosa que quieran ejercer su poder.

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