Guillermo del Toro recordó la histórica ovación de 22 minutos que recibió El Laberinto del Fauno en Cannes 2006. Dos décadas después, la película regresa restaurada al festival como una obra que transformó la fantasía en memoria política y emocional.

FESTIVAL DE CANNES. — Hay películas que envejecen. Y hay otras que terminan convirtiéndose en ruinas vivas de una época. El Laberinto del Fauno, de Guillermo del Toro, pertenece a esa segunda categoría: una fábula oscura que hace veinte años irrumpió en el Festival de Cannes como un monstruo imposible de clasificar y hoy regresa convertida en canon cinematográfico.

Del Toro recordó esta semana la legendaria ovación de 22 minutos que recibió la cinta en 2006, todavía una de las más extensas registradas en la historia del festival francés. “Fue una oleada de emoción humana”, confesó el director mexicano al evocar aquella noche donde el aplauso dejó de ser protocolo y se transformó en un acto colectivo de rendición emocional.

La escena posee ya algo de mito cinéfilo. Mientras el auditorio seguía de pie, Alfonso Cuarón, coproductor de la película, se encontraba junto a Del Toro intentando convencerlo de aceptar el momento sin pudor. “Déjate llevar, hombre”, le dijo. Y quizá ahí reside parte del misterio de la cinta: El Laberinto del Fauno nunca fue una obra cínica. Era brutal, melancólica y feroz, pero profundamente sincera en su fe hacia la imaginación como refugio ante la violencia.

Ambientada en la España franquista, la película utilizó la fantasía no para escapar de la historia, sino para hundirse más profundamente en ella. El fauno, los monstruos y los laberintos nunca fueron simples criaturas fantásticas: eran metáforas de la obediencia, el miedo y la resistencia frente al autoritarismo. El capitán Vidal, interpretado por Sergi López, permanece como uno de los grandes villanos contemporáneos precisamente porque Del Toro entendió que el verdadero horror rara vez necesita colmillos.

El director reveló además que la génesis del proyecto nació tras el impacto emocional de los atentados del 11 de septiembre. Atrapado en un bloqueo creativo y una sensación de indefensión, comenzó a preguntarse cuál era el papel de un narrador en tiempos dominados por el miedo global. La respuesta fue construir una película donde la fantasía desafiara la lógica brutal del poder.

Aunque en 2006 la Palma de Oro escapó de sus manos, el tiempo terminó dándole la razón a Del Toro. La película no sólo se convirtió en obra de culto: abrió el camino para que el director mexicano conquistara años después el Óscar con La Forma del Agua. Ahora, restaurada digitalmente y preparada para exhibirse nuevamente en salas y formato 3D, El Laberinto del Fauno regresa a Cannes no como un recuerdo nostálgico, sino como una prueba de que algunas películas sobreviven porque hablan directamente a los miedos más antiguos del ser humano.

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