En política, los acuerdos más eficaces rara vez son los que se firman. Son aquellos que se ejecutan sin necesidad de rubricarse. A estas alturas resulta evidente que Armenta y Chedraui son aliados circunstanciales, no amigos. Entre ambos existen desencuentros documentados, tensiones persistentes y proyectos políticos incompatibles en el mediano plazo: el gobernador apuesta por impulsar a una mujer de su círculo para la alcaldía de Puebla capital; el presidente municipal busca reelegirse. Más que una alianza, lo que existe entre ellos es una rivalidad administrada.
Y, aun así, la semana pasada ambos terminaron ejecutando exactamente la misma operación contra exactamente el mismo actor. Sin llamadas de por medio. Sin instrucciones visibles. Sin acuerdos que puedan documentarse.
Lo que ocurrió
Eduardo Rivera Pérez, ex alcalde de Puebla capital, figura central del panismo poblano y uno de los potenciales operadores de la candidatura de Genoveva Huerta Villegas, fue citado por la Contraloría Municipal para responder por una presunta falta grave: que durante su administración el Cabildo no aprobó el nombramiento del Director de la Policía Preventiva.
Rivera respondió públicamente con el argumento más sólido a su alcance: la ley no obligaba a realizar dicho procedimiento. Más aún, sostuvo que la administración actual —la de Chedraui— actuó exactamente igual sin enfrentar consecuencias. Si eso es verificable —y Rivera asegura que lo es— entonces el procedimiento deja de parecer una aplicación imparcial de la norma y se convierte en una selección política de a quién se le aplica.
Y esa selectividad tiene un timing imposible de ignorar. El requerimiento aparece justo cuando Huerta comienza a ganar presencia en colonias populares y el PAN consolida una unidad interna que el armentismo no tenía plenamente calculada.
De manera simultánea, comenzaron a circular encuestas que —según fuentes de Región Global— provienen del entorno gubernamental y colocan a Rivera como el perfil más competitivo del PAN rumbo a la alcaldía. No parecen diseñadas para informar al electorado, sino para sembrar dudas dentro del propio panismo: si Rivera es el candidato más fuerte, ¿por qué la candidatura recae en Huerta?
Dos operaciones. Dos instrumentos distintos. Un mismo objetivo: erosionar la unidad que el PAN acaba de construir.
Por qué no necesitaron coordinarse
La pregunta relevante no es si Armenta instruyó a Chedraui para activar la Contraloría. La verdadera pregunta es si necesitaba hacerlo.
La respuesta es no. Y ahí reside la lógica del modelo.
Chedraui tiene incentivos propios para desgastar a Rivera Pérez. Rivera fue su antecesor en la alcaldía, su adversario natural dentro del tablero político poblano y el principal promotor de una candidatura que eventualmente podría bloquear su reelección. No necesita instrucciones del gobernador para activar un procedimiento administrativo en su contra. Le basta con tener motivos para hacerlo, y esos motivos existen desde mucho antes de que el armentismo identificara utilidad política en el conflicto.
Armenta, por su parte, también posee incentivos independientes para impulsar encuestas que posicionen a Rivera como el mejor perfil del PAN. Si la militancia panista comienza a dudar de Huerta y a añorar una candidatura distinta, el voto opositor empieza a fracturarse antes incluso de llegar a la campaña electoral. Tampoco necesita coordinarse con Chedraui; le basta con colocar las encuestas en circulación en el momento adecuado.
El resultado es una operación que aparenta coordinación aun cuando probablemente no exista. Dos actores con rivalidades reales, intereses distintos y agendas incompatibles que convergen tácticamente porque comparten un enemigo inmediato. La ciencia política tiene un nombre para ello: coincidencia de intereses sin acuerdo formal.
Y ese tipo de convergencia suele ser más estable que una alianza convencional y más peligrosa que una conspiración abierta. Porque no exige confianza mutua; exige únicamente adversarios comunes. Y los adversarios comunes no necesitan ser designados: se reconocen solos.
Divide et impera — sin Julio César
El mecanismo es más antiguo que cualquier político contemporáneo. Dividir al adversario para que sea su propia fragmentación la que haga el trabajo que la confrontación directa no puede conseguir.
No se trata de destruir a Rivera, sino de mantenerlo vivo como factor de perturbación interna. Visible, pero desgastado. Posicionado como el perfil más competitivo del PAN, pero sin candidatura. Ocupado en defenderse ante la Contraloría hoy, mientras deja de recorrer colonias populares haciendo campaña con Huerta.
Un militante panista que lee encuestas donde Rivera aparece como mejor posicionado que Huerta no necesariamente rompe con su partido. Pero sí llega al proceso electoral con dudas. Y la duda, en política, erosiona más lentamente que la confrontación abierta, aunque suele ser igual de eficaz.
Eso no destruye la unidad del PAN. La desgasta. Y en una elección definida por márgenes estrechos, la diferencia entre una estructura movilizada y una estructura dubitativa puede convertirse exactamente en el margen que separa la victoria de la derrota.
Lo que el PAN necesita entender
Rivera Pérez posee un argumento políticamente potente: si la administración actual utilizó el mismo procedimiento sin enfrentar consecuencias, entonces el proceso abierto en su contra es selectivo. Y cuando la selectividad puede documentarse y comunicarse con claridad, la persecución deja de ser únicamente un costo político y comienza a convertirse en un activo narrativo.
El panista investigado por una conducta que su sucesor morenista replicó sin consecuencias no aparece necesariamente como víctima. Aparece como evidencia.
Pero ese argumento solo funciona si el PAN entiende el sentido de la operación. La ofensiva administrativa no refleja fortaleza absoluta del oficialismo; refleja también la preocupación de un modelo político que no anticipó que la oposición pudiera aprender a caminar unida.
El PAN parece haber aprendido esa lección. La incógnita es si también aprenderá a no distraerse con las operaciones diseñadas precisamente para romper esa cohesión.
Armenta y Chedraui no necesitaron un acuerdo formal para producir esta operación. El PAN tampoco necesita uno para resistirla. Solo necesita recordar que divide et impera funciona únicamente cuando el dividido acepta dividirse.

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