El secretario de Gobernación de Puebla, Samuel Aguilar Pala, decretó que Guadalupe Bárcenas sigue siendo alcaldesa de Acatlán de Osorio pese a que el Cabildo pidió su remoción al Congreso. El argumento es funcional: la auditoría no puede hacerse sin ella. La presidenta municipal, mientras tanto, acusa a "Los Rojos" de orquestar la guerra sucia en su contra. La gobernabilidad que pregona Aguilar Pala huele a blindaje.
PUEBLA DE ZARAGOZA, PUEBLA. Samuel Aguilar Pala tiene una lógica impecable, siempre que uno no la examine demasiado. El secretario de Gobernación de Puebla habló para poner orden en Acatlán de Osorio, donde el Cabildo ya había enviado al Congreso la solicitud de remoción de la alcaldesa Guadalupe Bárcenas. Y su veredicto fue lapidario: ella se queda. ¿La razón? Una obra maestra de la ingeniería burocrática: "La presidenta municipal no ha pedido permiso, ni está contemplada su ausencia. ¿A quién van a auditar los compañeros auditores si no está?"
La pregunta, formulada como un desafío, esconde una trampa perfecta. Porque si la auditoría —que apenas inició este lunes— necesita a la alcaldesa en el cargo para auditar, entonces la alcaldesa nunca podrá ser removida mientras haya una auditoría pendiente. Y si la auditoría se alarga, como suelen alargarse las auditorías incómodas, Bárcenas podría seguir en el escritorio hasta que se cumpla su periodo. Aguilar Pala no está protegiendo el proceso de fiscalización; está convirtiendo la fiscalización en un escudo político.
El Cabildo, que hace semanas pidió la cabeza de la edil por presuntas irregularidades, quedó en evidencia como un actor sin poder real. El Congreso del Estado, que debería decidir sobre la remoción, ha guardado un silencio que ya es un mensaje. Y la Auditoría Superior del Estado, que técnicamente debería ser el órgano fiscalizador, se convierte ahora en la coartada perfecta para mantener en el cargo a una funcionaria cuestionada.
Pero la joya de la corona llegó cuando Bárcenas, en un desplante que mezcla el victimismo con la acusación grave, señaló que detrás de la "guerra sucia" contra ella está el grupo delictivo de "Los Rojos". La declaración no es menor: una alcaldesa en funciones acusa a una organización criminal de operar en su contra y de ser la mano que mueve a sus opositores. Si es cierto, Acatlán tiene un problema de seguridad y de infiltración criminal en la política local. Si es falso, Bárcenas está utilizando el miedo al crimen organizado para desacreditar a quienes exigen su salida. En cualquiera de los dos escenarios, el municipio está en manos de fuerzas que se mueven por fuera de la ley.
Aguilar Pala, por su parte, insiste en que la gobernabilidad no se ha perdido. "Se siguen prestando todos los servicios a la ciudadanía", afirmó, como si la normalidad burocrática fuera suficiente para tapar el hecho de que un ayuntamiento está partido en dos, que el Cabildo y la alcaldesa están en guerra abierta, y que el gobierno estatal ha decidido tomar partido por una de las facciones. Pero la gobernabilidad no es que la basura se recoja; es que las instituciones funcionen con legitimidad. Y en Acatlán, la legitimidad está bajo los escombros.
El llamado de Aguilar Pala al diálogo y al respeto suena a manual de autoayuda en medio de un incendio. "Conducirse con respeto a la sociedad que los eligió", dijo, mientras su propia decisión de mantener a Bárcenas ignora que esa sociedad, por medio de sus representantes en el Cabildo, ha pedido su remoción. El respeto, señor secretario, no es un concepto abstracto: es atender lo que las instituciones municipales deciden. O al menos, lo era antes.
Guadalupe Bárcenas se queda, Samuel Aguilar Pala la sostiene, la ASE audita, el Congreso calla y Los Rojos acechan en el discurso oficial. Acatlán de Osorio es ahora un tablero donde cada pieza se mueve con un cálculo, pero donde nadie está jugando a favor de la ciudadanía. La alcaldesa blindada, el secretario de gobernación como su escudero, y un pueblo que observa cómo la política se convierte en un espectáculo donde las reglas se escriben sobre la marcha. Mientras tanto, la auditoría avanza, lenta, y Bárcenas sigue en su silla. Parece que no hay nada que auditar que no esté ya decidido.


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