Un producto editorial del Mexconomy MAP Regional — Laboratorio Económico de Frontera
Hay una pregunta que cualquier país debería hacerse de manera permanente, casi como un signo vital: ¿se está construyendo hoy la capacidad productiva con la que se va a vivir dentro de diez años? Llevamos varias semanas, estado por estado, recorriendo el territorio mexicano con el Mexconomy MAP Regional para intentar responder esa pregunta con evidencia, no con intuición. Y la respuesta que esa evidencia sugiere es incómoda, por eso vale la pena decirla con claridad, sin el ropaje técnico que normalmente la diluye: no, no se está construyendo. Y la consecuencia de eso no es abstracta. Es el tipo de país que seremos en una década.
Lo que el mapa, estado por estado, nos fue mostrando
El ejercicio del MAP Regional comenzó con una pregunta modesta: ¿qué le pasa, en concreto, a cada entidad federativa? Coahuila, Aguascalientes, Guanajuato, Puebla, la Ciudad de México. Cinco economías estatales distintas, con historias productivas distintas, con gobiernos distintos. Lo que no esperábamos era que, al ponerlas una junto a la otra, emergiera un mismo patrón con una insistencia que ya no se puede llamar coincidencia: en cada una de ellas, el sector que construye, fabrica y produce bienes físicos —la industria, la manufactura, la construcción privada— es el que falla, se estanca, o sobrevive sostenido por un solo motor temporal que tarde o temprano se apaga.
Esto no es un problema de una sola armadora automotriz ni de un solo estado con mala suerte. Cuando el mismo patrón aparece en geografías y estructuras productivas tan distintas entre sí, deja de ser una serie de anécdotas regionales y se convierte en evidencia de algo que ocurre a nivel país. Y cuando ese patrón estatal se contrasta contra las cifras agregadas de la economía mexicana completa, la coincidencia deja de ser coincidencia: se confirma.
Lo que está en juego es el lugar de México en la próxima economía
Cuando una economía invierte —cuando se construyen fábricas, se instalan máquinas, se levantan centros de datos, se tienden nuevas redes de energía— esa inversión no es un número que vive solo en un reporte financiero. Es la promesa de empleos que todavía no existen pero que están por crearse. Es la base material de lo que un país va a producir, vender y pagar dentro de cinco o diez años. La economía mundial, mientras tanto, se está reorganizando alrededor de un puñado de industrias nuevas: los centros de datos que sostienen la inteligencia artificial, las nuevas fuentes de energía, la manufactura de mayor sofisticación tecnológica. Son las industrias que van a definir, en la próxima década, qué países generan empleo bien remunerado y cuáles se quedan administrando lo que ya tenían.
La evidencia que el MAP Regional ha venido documentando, estado por estado, no permite el optimismo fácil sobre esa pregunta. Si la inversión productiva no está creciendo en ningún punto del mapa que hemos recorrido, eso significa que la planta industrial mexicana está envejeciendo sin un reemplazo equivalente. Una planta que no se renueva pierde productividad año tras año, casi sin que se note, hasta que un día deja de ser competitiva frente a la de cualquier otro país que sí invirtió. Y México, mientras tanto, no está construyendo a la velocidad necesaria la base de centros de datos, ni la infraestructura energética nueva, ni la generación masiva de empleo que esas industrias traen consigo cuando se instalan con fuerza en un territorio. La promesa del nearshoring sigue viva en el discurso público. En el patrón que se repite estado tras estado, todavía no ha aparecido con la fuerza que se anunció.
El resultado, si esta trayectoria no se revierte, no es un escenario lejano de ciencia ficción económica. Es la profundización, año tras año, de la distancia que ya nos separa de Estados Unidos —nuestro principal socio comercial y, en los hechos, la referencia obligada de lo que significa estar o no estar en la economía del futuro—. Esa asimetría no se cierra sola, y no se cierra con ideología: se cierra con inversión sostenida, con certeza institucional, y con un Estado que reconozca el problema en sus propios términos en lugar de describirlo como una etapa pasajera. Lo que más debería inquietarnos no es solamente el diagnóstico. Es el silencio que lo rodea.
Hasta aquí, esta columna ha evitado deliberadamente el peso de las cifras, porque la pregunta que abre este texto —¿se está construyendo el país con el que vamos a vivir en diez años?— se entiende sin tablas ni series estadísticas. Pero la evidencia agregada existe, es pública, y confirma con números nacionales exactamente lo que el recorrido estado por estado fue mostrando. El Mexconomy MAP la documenta de manera completa en "De las entidades federativas a la Nación", donde el ejercicio se invierte: en lugar de partir del PIB nacional para descender a los estados —como hace cualquier reporte oficial—, se parte de lo que cada entidad ya mostró para preguntar qué patrón nacional queda expuesto. Ningún reporte institucional ha hecho ese ejercicio. Quien quiera ver la demostración completa, con la Formación Bruta de Capital Fijo nacional, las importaciones y el ahorro bruto del país sosteniendo cada afirmación de esta columna, la encontrará ahí.
Horacio De la Cruz S. (HCS) es economista y coautor del Mexconomy MAP — Modelo de Agregados y Prospectiva v2.0. Esta columna refleja su lectura prospectiva como coautor del modelo, a partir de la evidencia estatal documentada por el Mexconomy MAP Regional.

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