A una semana del Mundial FIFA 2026, la CNTE mantiene tomado el centro capitalino mientras negocia con el gobierno de Claudia Sheinbaum un botín que incluye plazas, posiciones administrativas y cientos de millones de pesos. La Presidenta descarta el desalojo —”No vamos a caer en la provocación”— y paga por una paz que los especialistas califican de pírrica y temporal.
CDMX — El corazón simbólico y político del país, permanece tomado por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). A una semana del inicio del Mundial FIFA 2026, donde la plaza debería convertirse en el Fan Fest que reciba a miles de aficionados nacionales y extranjeros, lo que hay son plantones, vallas metálicas y una incertidumbre que el gobierno de Claudia Sheinbaum no logra disipar. La Presidenta ha tomado una decisión estratégica: no desalojar. “No, no vamos a desalojar”, afirmó desde Coatzacoalcos, Veracruz. Su argumento es político y práctico: “Eso es lo que quieren. ¿No se acuerdan del desalojo que hizo Peña Nieto de los maestros en el Zócalo con la policía?”. La referencia al operativo de 2013 —golpes, maestros arrastrados, imágenes que dieron la vuelta al mundo— es el fantasma que Sheinbaum no quiere invocar en vísperas del torneo más importante del planeta.
Detrás de la decisión de no reprimir hay una negociación que el gobierno prefiere mantener en secreto, pero que fuentes gubernamentales han destapado. La CNTE no está en el centro de la capital del país solo por la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007 —una demanda que Sheinbaum ya descartó por “costosa”— ni por el aumento salarial del 100% que exigen públicamente. Lo que realmente negocian los líderes magisteriales con los secretarios de Gobernación (Rosa Icela Rodríguez), Educación (Mario Delgado) y el ISSSTE (Martí Batres) es otra cosa: más de mil plazas magisteriales, posiciones administrativas dentro de la propia SEP y una cantidad de dinero que, según las fuentes, oscila entre los 500 y los 700 millones de pesos. El “estira y afloja” es por recursos fiscales, no por reformas estructurales. La CNTE conoce el camino: presionar, vandalizar, bloquear y esperar a que el gobierno, acorralado, abra la bolsa.
El modus operandi no es nuevo. En los primeros dos años del gobierno de Sheinbaum, la CNTE ya ha obtenido concesiones millonarias. En 2025, la Presidenta anunció un aumento salarial del 9% retroactivo más un punto adicional, además de una semana extra de vacaciones. El costo anual: 36 mil millones de pesos. Ese mismo año, el gobierno cedió 800 millones de pesos para procesos de basificación y regularización laboral. En febrero de 2026, la SEP y el gobierno de Oaxaca pagaron adeudos a mil 600 docentes de la Sección 22. “El Gobierno ha cometido el error de pensar que va a poder apaciguarlos cediéndoles cosas”, criticó Marco Fernández, de México Evalúa y el Tec de Monterrey. “Los liderazgos presionando al máximo, sacando canonjías para ellos, algunas prestaciones para sus huestes... la estrategia del chantaje funciona”.
Sheinbaum defiende las concesiones como “aumentos históricos” —”En el periodo neoliberal los incrementos eran de 3 o 4 por ciento”— y asegura que la propuesta de fortalecer las cuentas individuales del ISSSTE a través de PENSIONISSSTE se implementará “de todas maneras”, al margen de lo que opine la CNTE. Pero lo que la Presidenta no dice es que su gobierno ha optado por comprar la paz en lugar de imponer el orden. La decisión de no desalojar el Zócalo es la confesión más clara: el Estado mexicano no ejerce el monopolio de la fuerza en su propio territorio. La CNTE sabe que es intocable. Por eso radicaliza sus acciones: derribaron las figuras del Mundial en Paseo de la Reforma, vandalizaron la Torre del Bienestar y las oficinas de la SEP en Avenida Universidad, tomaron casetas en Chiapas. Y el gobierno, fiel a su estrategia, no interviene. “Es mejor una valla para evitar que haya una confrontación”, justifica Sheinbaum.
La otra cara de la moneda es la de los maestros de base, aquellos que llegan desde Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Michoacán, cansados, con el rostro descubierto, exigiendo mejoras reales. Para ellos, la CNTE no es una máquina de extorsión sino la única vía de presión que han conocido durante décadas. Pero también son ellos quienes sostienen los plantones, quienes duermen en el piso del Zócalo, quienes a veces resultan heridos —como el profesor Proceso Columbo González, que perdió un ojo en los enfrentamientos del 3 de junio— mientras los liderazgos negocian canonjías a puerta cerrada. La contradicción es profunda: la movilización legítima es funcional al chantaje de las cúpulas. Y el gobierno, al ceder recursos millonarios sin tocar las reformas de fondo, perpetúa el ciclo.
A una semana del Mundial, la pregunta sigue abierta: ¿se retirará la CNTE del Zócalo? Las fuentes gubernamentales aseguran que el acuerdo se sellará en las próximas horas, antes del inicio del torneo. El costo: hasta 700 millones de pesos y cientos de plazas. Las demandas públicas —abrogación del ISSSTE, salario del 100%— quedarán incumplidas. Los maestros de base regresarán a sus estados con la sensación de que algo ganaron, pero sin resolver el fondo de su lucha. Sheinbaum habrá comprado la paz a un precio altísimo, pero al menos no habrá reprimido. El Zócalo se limpiará, las vallas se retirarán, y el Fan Fest podrá recibir a los aficionados. Y en unos meses, cuando la CNTE vuelva a presionar, el ciclo comenzará de nuevo. Porque como dijo Fernández, “la estrategia del chantaje funciona”. Y mientras funcione, ni el diálogo genuino ni la reforma estructural tendrán cabida. Solo el dinero, las plazas y el eterno regreso de los plantones.


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