Ángeles de Puebla
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El Choco: Peluche, Poder y Silencio
Hay una frase que pasó casi desapercibida entre los reclamos, las fotografías y la discusión sobre el “Peluchoco”. Sin embargo, quizá sea la frase más reveladora de toda la polémica: José Luis García Parra agradeció que hubieran pensado en su imagen “para darle fuerza a esta causa”.

Vale la pena detenerse ahí.

Porque durante varios minutos el jefe de gabinete se esforzó en explicar que el personaje no tiene fines políticos, que no existe intención electoral y que quienes cuestionan el fenómeno desconocen la ley. Incluso llegó a referirse como “ignorantes” a quienes plantean que podría existir promoción anticipada.

Pero entonces aparece la confesión involuntaria.

Su imagen sirve para darle fuerza a la causa.

Si eso es cierto, entonces su imagen tiene valor político, capacidad de influencia y poder de convocatoria. Y si miles de poblanos compran un muñeco inspirado en un funcionario público, lo reconocen, lo fotografían, lo comparten y lo convierten en un símbolo popular, resulta imposible sostener seriamente que no existe un beneficio de posicionamiento personal.

No es necesario que haya elecciones para que exista posicionamiento.

No es necesario que haya boletas para construir notoriedad.

No es necesario registrar una candidatura para fortalecer una marca política.

La verdadera discusión nunca fue jurídica o electoral.

La discusión es ética.

¿Es correcto que una causa tan sensible como el cáncer infantil termine vinculada a la imagen de uno de los funcionarios más poderosos del estado?

¿La campaña busca visibilizar a los niños o visibilizar al personaje?

¿La solidaridad se convirtió en vehículo de promoción o la promoción se convirtió en vehículo de solidaridad?

Son preguntas incómodas, pero legítimas.

Más preocupante aún es la reacción frente a quienes las plantean.

Cuando un funcionario responde a las dudas llamando “ignorantes” a sus críticos, revela una concepción preocupante del debate público. El periodismo no está obligado a aplaudir iniciativas oficiales. Su función consiste precisamente en preguntar dónde termina la filantropía y dónde comienza la construcción de poder.

Las preguntas incómodas no son ignorancia.

Son parte de la democracia.

Ignorancia sería aceptar sin cuestionar que la imagen de un funcionario puede transformarse en un producto de consumo masivo y que nadie debe preguntarse por qué.

Ignorancia sería creer que toda crítica a una estrategia de comunicación es un ataque contra los niños con cáncer.

Ignorancia sería confundir la nobleza de una causa con la inmunidad de quienes la utilizan.

La transparencia nunca debería temerle a las preguntas.

Por el contrario, debería agradecerlas.

Porque cuando una causa es genuina, las explicaciones sobran.

Cuando las explicaciones no alcanzan…, aparecen las descalificaciones.

Y cuando aparecen las descalificaciones, suele ser porque las preguntas tocaron exactamente el punto que no se quería discutir.

Quizá por eso tampoco ayuda la defensa del gobernador Alejandro Armenta, quien prefirió responder con la vieja sentencia de que “el león cree que todos son de su condición”.

La frase pretende retratar a los críticos como calculadores electorales, pero termina evadiendo el asunto de fondo. Lo que se preguntó es por qué un funcionario público terminó convertido en peluche.

Nadie cuestionó la nobleza de ayudar a niños con cáncer; lo que se cuestiona es el lucro político de una causa noble y profundamente dolorosa: la utilización de la imagen de "El Choco" para hacerlo.

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