Una tromba con granizo colapsó la capital poblana, dejó un muerto en la Recta a Cholula, inundaciones, árboles caídos y un Vaso Regulador Puente Negro al borde del desbordamiento. El alcalde José Chedraui dijo que ya está atendiendo; el gobernador Alejandro Armenta pidió un proyecto; y el coordinador José Luis García Parra culpó al PAN por una obra de 2012. Tres discursos, una ciudad colapsada y un muerto que no se levanta con declaraciones.
PUEBLA DE ZARAGOZA, PUEBLA. — El domingo 28 de junio, Puebla capital se convirtió en un espejo de sus propias carencias. Una tormenta de lluvia y granizo, de esas que el cambio climático ha vuelto cada vez más frecuentes, expuso la fragilidad de una ciudad que presume de moderna mientras se inunda con la primera precipitación fuerte. En la Recta a Cholula, a la altura de Acuara, un árbol colapsó sobre un vehículo y mató a su ocupante. No hubo tiempo para reaccionar, no hubo poda preventiva, no hubo plan de contingencia. Solo la crudeza de una muerte que, como tantas, ocurre mientras los funcionarios se preparan para decir que no fue su culpa.
La tormenta no fue un fenómeno extraordinario. En términos meteorológicos, fue una tromba típica de temporada. Pero en términos urbanos, fue una sentencia: Puebla no está preparada. Calles convertidas en ríos, árboles derribados como fichas de dominó, el Vaso Regulador Puente Negro al borde del desbordamiento, y el bulevar 5 de Mayo —esa arteria que los poblanos conocen bien— convertido en una piscina pública. Y mientras los automovilistas buscaban rutas alternas y los vecinos sacaban cubetas para achicar agua, el gobierno se preparaba para la rueda de prensa del lunes.
La respuesta oficial fue un ejercicio de cinismo coreografiado. El alcalde José Chedraui —con ese tono que ya le conocemos— se limitó a decir que su equipo está desplegado y que monitorea. Una frase tan común como las alcantarillas tapadas. El gobernador Alejandro Armenta, por su parte, pidió al ayuntamiento que presente un proyecto para evitar inundaciones. Como si no hubiera pasado ya suficiente tiempo, como si el problema no fuera crónico, como si la solución hubiera que inventarla desde cero cada vez que el cielo se abre.
Pero el trofeo declarativo se lo llevó José Luis García Parra, coordinador del Gabinete estatal, quien con la soltura de quien ha ensayado la excusa, señaló al PAN como el culpable. Según su versión, una obra de 2012 obstruyó los colectores pluviales y desde entonces el bulevar se inunda. Una joya de la narrativa oficial: el problema no es nuestro, es de los que estuvieron antes. La estrategia es vieja y conocida: cuando el agua sube, apunta al partido que ya no gobierna. Pero el agua no entiende de colores, y el muerto de la Recta a Cholula tampoco necesita saber quién hizo qué en 2012 para estar enterrado.
Mientras los dos niveles de gobierno se enredan en un diálogo de sordos —Chedraui dice que atiende, Armenta dice que propongan, García Parra dice que fue el PAN—, la ciudadanía observa cómo las inundaciones se repiten con la precisión de un reloj descompuesto. La pregunta incómoda: ¿por qué no hay un plan estructural para el drenaje pluvial? ¿Por qué se invierte en proyectos faraónicos como el Cablebús mientras las alcantarillas siguen colapsando? ¿Por qué hay que esperar a que un árbol mate a una persona para hablar de poda preventiva?
Armenta adelantó que apoyará a las víctimas mediante el Programa de Obra Comunitaria. Una medida paliativa que suena a caridad, no a justicia. Porque las víctimas de una tormenta no deberían depender de un programa discrecional; deberían tener la certeza de que la ciudad está diseñada para resistir el agua que cae del cielo. Pero esa certeza, en Puebla, no existe. Lo que existe son declaraciones, culpas cruzadas, y avenidas que se inundan cada vez que llueve.


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