Asuntos de Estado
Vive y deja vivir II
Asuntos de Estado
Hay asuntos que el tiempo no resuelve; simplemente los transforma. El caso Mario Marín-Lydia Cacho es uno de ellos.

HCS — Durante casi dos décadas, el país ha discutido culpabilidades, responsabilidades, venganzas, impunidades y derechos. Se han escrito miles de páginas, pronunciado incontables palabras y emitido resoluciones judiciales que, lejos de cerrar la historia, la han prolongado.

Hoy, cuando nuevamente se habla de una posible prisión domiciliaria para el exgobernador de Puebla, conviene desprenderse por un momento del ruido político.

No para olvidar.

Mucho menos para absolver.

Simplemente para pensar.

En una democracia, la justicia debe servir para proteger derechos, no para alimentar odios. Su finalidad es reparar, sancionar cuando corresponda y restablecer el orden jurídico. No convertirse en una condena perpetua para todos los que participan en un conflicto.

Conocí a Mario Marín en el ejercicio del poder. También participé, desde muy cerca, en uno de los intentos por construir una salida negociada al conflicto que terminó marcando su vida pública y la de Lydia Cacho.

Aquella oportunidad se perdió.

No entraré hoy en las razones.

Basta decir que, como ocurre tantas veces en la política, alrededor del poder abundan quienes saben incendiar los puentes, pero muy pocos capaces de construirlos.

Los años hicieron el resto.

El conflicto dejó de pertenecer exclusivamente a sus protagonistas y se convirtió en un símbolo nacional. Desde entonces, cada resolución judicial ha sido interpretada primero desde la política y después desde el Derecho.

Esa inversión del orden debería preocuparnos.

Porque cuando un expediente se convierte en bandera, el riesgo es que la justicia deje de buscar la verdad para comenzar a satisfacer expectativas mediáticas y políticas.

Con el paso de los años también cambia la perspectiva humana.

La juventud suele creer que toda controversia debe terminar con un vencedor y un derrotado.

La experiencia enseña otra cosa.

En los grandes conflictos casi nunca gana alguien.

Pierde quien se siente víctima y carga durante años con el peso de esa condición.

Pierde quien enfrenta un proceso interminable que consume su salud, su libertad, su patrimonio y su familia.

Pierden los amigos que se alejan.

Pierden las familias que se fracturan.

Pierde la sociedad cuando convierte el rencor en espectáculo permanente.

No me corresponde decidir quién tiene razón en el terreno jurídico. Para eso existen los tribunales.

Pero sí puedo decir, desde la experiencia personal, que ninguna vida mejora cuando el resentimiento se vuelve un proyecto de largo plazo.

La justicia necesita firmeza.

La política necesita prudencia.

Y los seres humanos necesitamos, tarde o temprano, aprender a dejar ir aquello que ya consumió demasiados años de nuestra existencia.

Quizá la mayor victoria no sea ver a alguien tras las rejas ni verlo salir de ellas.

Quizá la verdadera victoria consista en impedir que el odio siga dictando sentencias mucho después de que los jueces hayan hablado.

La libertad no consiste únicamente en abrir la puerta de una prisión.

También consiste en dejar de vivir encarcelados por el pasado.

Ojalá todos los involucrados encuentren, algún día, la paz que la justicia, por sí sola, no puede otorgar.

Mario, te mando un abrazo.

Vive y deja vivir.

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