La lluvia arrasó con 30 hectáreas de cultivos en San Jerónimo Coyula, Atlixco, y dejó intransitable la carretera que conecta con Atzitzihuacán. Los campesinos perdieron milpas, jícama y frijol; los vecinos exigen que reparen la vialidad colapsada. La presidenta municipal Ariadna Ayala respondió con un vehículo para la junta auxiliar. La comunidad necesita caminos; la alcaldesa entregó un coche. La carretera sigue rota, los cultivos siguen perdidos y el gobierno municipal parece conducir en dirección contraria a la urgencia.

ATLIXCO, PUEBLA. — El agua bajó por las laderas de San Jerónimo Coyula y no pidió permiso. Se llevó 30 hectáreas de milpas, jícama y frijol, el sustento de familias enteras que viven de lo que siembran. También arrancó árboles, tierra y tramos enteros de la carretera que conecta la junta auxiliar con Atzitzihuacán. Lo que quedó fue un carril abierto, un riesgo permanente y una postal de la vulnerabilidad rural que ninguna pipa ni vehículo oficial va a resolver. Los vecinos, que durante semanas intentaron reparar el camino con tierra y piedra, reconocen que el daño ya es "mayúsculo" y exigen la intervención técnica de las autoridades. La respuesta de la alcaldesa Ariadna Ayala fue, cuando menos, desconcertante: entregó un vehículo a la junta auxiliar.

Un coche. Los campesinos de Coyula no necesitan un coche; necesitan un camino para llegar a sus cultivos, necesitan que la vialidad principal sea transitable, necesitan que el gobierno municipal entienda que la prioridad no es un automóvil sino un plan de reparación. Pero la lógica oficial parece funcionar en otro registro: el del gesto simbólico que se fotografía, el del comunicado que suena a ocurrencia, el de la ocurrencia que desprecia la urgencia. Mientras los productores cuentan sus pérdidas, el ayuntamiento parece estar contando kilómetros en dirección opuesta a la realidad.

La escena es una ironía tan gruesa como el lodo que cubre las parcelas. Los vecinos de Coyula no pidieron un vehículo; pidieron que se intervenga la carretera, que se repare el daño que la lluvia dejó como una herida abierta en el territorio. Pero en lugar de maquinaria y técnicos, el gobierno municipal envió un coche que no servirá para reconstruir lo que el agua derribó. Y la pregunta que queda flotando, como el agua estancada en los campos, es si la alcaldesa realmente entiende la diferencia entre un símbolo y una solución.

La carretera colapsada no es un problema menor. Es el único acceso que los habitantes de Coyula tienen para movilizar sus productos, para llegar a los mercados, para conectar con el resto del municipio y del estado. Sin esa carretera, los campesinos no solo pierden sus cultivos; pierden la posibilidad de vender lo que logren rescatar. La vialidad, como la tierra, es un bien común que el gobierno está obligado a mantener. Y el gobierno, en este caso, parece haber decidido que el problema se resuelve con un coche y una foto.

La tormenta del domingo fue un fenómeno natural, pero la respuesta del ayuntamiento es una decisión política. Ariadna Ayala optó por el gesto fácil en lugar de la solución estructural. Optó por un vehículo que circula por una carretera rota, en lugar de reparar la carretera para que todos los vehículos circulen. Optó por la ocurrencia, porque la ocurrencia da un titular; la solución da trabajo y exige presupuesto. El gobierno municipal, al final del día, parece más interesado en parecer que atiende que en atender de verdad.

Los campesinos de San Jerónimo Coyula siguen esperando. Esperan que alguien del gobierno estatal o municipal se tome en serio el daño vial, que los apoyen para no perder todo su año de trabajo. Pero lo que ven, desde el lodo, es un vehículo oficial que llega y una carretera que sigue sin repararse. Ariadna Ayala puede presumir su entrega simbólica, pero el simbolismo no repara caminos ni siembra cosechas. Y mientras tanto, Coyula sigue atrapado en la ironía de un gobierno que ofrece coches a quienes solo piden transitar seguros.

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