Asuntos de Estado
Cultura, política y precisión
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Las palabras de un jefe de Estado rara vez son casuales. Mucho menos cuando se pronuncian en un contexto de tensión diplomática y de intenso debate sobre seguridad, narcotráfico y soberanía. Por ello, la afirmación de la presidenta Claudia Sheinbaum de que Estados Unidos "es una potencia económica, pero no una potencia cultural" merece una reflexión que vaya más allá de la confrontación política.

México es, sin duda, una potencia cultural. Lo es por la profundidad de sus civilizaciones originarias, por la permanencia de sus lenguas indígenas, por su arquitectura, su gastronomía, su literatura y la extraordinaria capacidad de su sociedad para preservar una identidad construida durante siglos. Ese patrimonio es irrefutable.

Sin embargo, reconocer la riqueza cultural de México no exige negar la de otros países.

Si entendemos la cultura únicamente como herencia ancestral, Estados Unidos difícilmente puede compararse con naciones cuya historia se remonta a milenios. Pero si la cultura también comprende la creación artística, la innovación, la capacidad de influir en otras sociedades y la generación de expresiones universales, entonces Estados Unidos es, objetivamente, una de las mayores potencias culturales del planeta.

Basta mirar la música. La extraordinaria fusión entre las tradiciones europeas y el legado afroamericano dio origen al jazz, una de las aportaciones artísticas más importantes del siglo XX. De esa corriente surgieron o evolucionaron el blues, el rock and roll, el soul, el funk, el hip hop y buena parte del pop contemporáneo. No se trata únicamente de géneros musicales; son manifestaciones que modificaron la forma en que el mundo escucha, interpreta y crea música.

La danza siguió un camino similar. Desde el tap hasta la danza contemporánea, pasando por los musicales de Broadway, Estados Unidos desarrolló escuelas, compañías y lenguajes escénicos cuya influencia se extiende por todos los continentes.

La literatura tampoco admite descalificaciones simplistas. De Mark Twain a Ernest Hemingway, de William Faulkner a Toni Morrison, de El maravilloso mago de Oz a la narrativa contemporánea, la producción literaria estadounidense ocupa un lugar central en la historia universal de las letras.

A ello habría que sumar el cine, la fotografía, el diseño, la arquitectura, el cómic, las universidades, la investigación artística y una industria cultural cuya capacidad de difusión ha definido buena parte de la cultura global durante el último siglo.

Precisamente por ello, el debate no debería centrarse en quién posee "más cultura". Son expresiones distintas de una misma condición humana. México representa una de las civilizaciones vivas más profundas del continente; Estados Unidos representa una de las sociedades con mayor capacidad para crear, integrar y proyectar cultura hacia el resto del mundo.

El problema aparece cuando la cultura deja de ser objeto de análisis para convertirse en herramienta del discurso político.

En momentos de tensión bilateral es común que los gobiernos recurran a narrativas de identidad nacional y orgullo histórico para fortalecer la cohesión interna. No ocurre únicamente en México; es una constante en prácticamente todas las democracias. La apelación a la soberanía, a la identidad o al patrimonio nacional suele acompañar debates complejos relacionados con seguridad, migración o relaciones internacionales.

Eso no convierte automáticamente esos discursos en falsos, pero sí obliga a analizarlos con mayor rigor. Una afirmación que, desde la política, puede resultar eficaz para movilizar simpatías, desde la historia o la cultura puede carecer de precisión.

La discusión de fondo entre México y Estados Unidos hoy no es cultural. Se desarrolla en otros terrenos: el combate al narcotráfico, la cooperación en seguridad, el tráfico de armas, el comercio y la migración. Son asuntos jurídicos, diplomáticos y estratégicos que exigen respuestas sustentadas en hechos y no en simplificaciones identitarias.

La fortaleza cultural de México no depende de minimizar la de Estados Unidos. Tampoco la influencia cultural estadounidense disminuye el valor histórico de México.

Las naciones verdaderamente seguras de su identidad no necesitan negar la riqueza ajena para reconocer la propia. La cultura, cuando se entiende en toda su dimensión, no divide: explica quiénes somos y cómo hemos contribuido, cada uno desde nuestra historia, a la construcción del mundo contemporáneo.

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