Habitantes de Soto y Gama, en el municipio de Huaquechula, incendiaron al menos tres patrullas de la Policía Municipal y la Policía Estatal tras la detención de un presunto responsable de robo de tractocamión. Los vecinos acusaron a los uniformados de intentar dejar escapar al detenido y exigieron información sobre su situación jurídica. El estallido de violencia ocurre en un contexto de terror: en cuatro días, Huaquechula ha registrado seis asesinatos, entre ellos el de una adulta mayor, sin que las autoridades hayan reportado un solo detenido.
HUAQUECHULA, PUEBLA. — En Huaquechula, las llamas no solo consumieron patrullas; consumieron la poca confianza que quedaba en las instituciones. La tarde del jueves, pobladores de la comunidad de Soto y Gama incendiaron al menos tres vehículos oficiales —dos de la Policía Municipal y uno de la Policía Estatal— después de que elementos de seguridad detuvieran a un hombre señalado como responsable del robo de un tractocamión. Los vecinos, que llegaron a bloquear el paso de las corporaciones, acusaron a los uniformados de intentar liberar al detenido. Exigieron saber su paradero y confirmar si había sido puesto a disposición del Ministerio Público. La respuesta oficial, hasta ahora, ha sido el silencio.
El incidente no fue un arrebato espontáneo. Fue la gota que derramó un vaso ya lleno de violencia e impunidad. En los cuatro días previos, Huaquechula había registrado el asesinato de seis personas, entre ellas una adulta mayor. Ningún detenido. Ningún comunicado. Ninguna estrategia de seguridad visible. Los ciudadanos de Soto y Gama no quemaron patrullas por el robo de un tractocamión; las quemaron porque saben que en su municipio los homicidios quedan impunes, que los detenidos a veces desaparecen y que la policía, en lugar de proteger, a veces es parte del problema.
Los vecinos también denunciaron la existencia de una presunta casa de seguridad en la zona conocida como Las Pocitas, sobre el camino a Tezontiapan de Bonilla, donde, aseguran, resguardan vehículos con reporte de robo. La denuncia no es nueva; los habitantes han señalado en repetidas ocasiones la presencia de actividades ilícitas en la región sin que las autoridades hayan actuado de manera contundente. La quema de patrullas es, en ese contexto, una forma desesperada de llamar la atención de un Estado que parece haber abandonado el territorio.
El operativo que derivó en la detención del presunto responsable del robo del tractocamión fue ejecutado por la Policía Municipal con apoyo de la Policía Estatal y la Guardia Nacional. Pero la presencia de las fuerzas federales no fue suficiente para contener el enojo de una comunidad que ya no cree en los procedimientos oficiales. Los pobladores bloquearon el paso, impidieron la salida de las patrullas y, finalmente, les prendieron fuego. El mensaje fue claro: si el Estado no da respuestas, la comunidad tomará la voz —y el fuego— para exgirlas.
El gobierno municipal de Huaquechula y el gobierno estatal de Puebla tienen ahora una deuda pendiente. No solo con los vecinos de Soto y Gama, sino con todas las familias que han visto cómo la violencia crece y la justicia se ausenta. Los seis asesinatos de la semana pasada requieren investigación y resultados. La quema de patrullas requiere diálogo y acción, no represión. La denuncia de la casa de seguridad requiere allanamiento y transparencia. Pero hasta ahora, el silencio oficial es el único acompañante de una comunidad que decidió encender sus propias luces de alerta.
Huaquechula no es un caso aislado. Es el espejo de lo que ocurre en decenas de municipios poblanos donde la inseguridad es moneda corriente y la impunidad es la regla. Las patrullas quemadas son un símbolo de un contrato social roto. Los ciudadanos ya no esperan que la policía los proteja; esperan que la policía no los traicione. Y cuando la traición se percibe, el fuego se convierte en la única respuesta que el Estado parece entender.



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