Hace algunos años abordé por primera vez el tema de la apertura comercial con la Tesis, “México: apertura comercial y financiamiento internacional (1982-1988): la instrumentación equivocada de una estrategia económica”. Desde entonces estoy familiarizado con el tema. Entiendo cuando Marcelo Ebrard declara que "cada semana es una batalla" en la revisión del T-MEC. No está exagerando. Está describiendo la nueva normalidad de una relación comercial donde Estados Unidos ha cambiado las reglas del juego y México juega a no perder terreno. El problema es que en esta partida, la cancha se mueve constantemente.
El anuncio de nuevos aranceles por sobrecapacidad —que llegarán en agosto bajo la sección 301— no es una sorpresa. Es la lógica de Washington: mantener la presión constante para que México negocie desde una posición de desventaja. La administración de Trump ha entendido que la incertidumbre permanente es su mejor arma. Y funciona.
México se aferra al 85% de exportaciones con arancel cero como un salvavidas. Y sí, es un logro significativo en un entorno global hostil. Pero ese dato oculta una verdad incómoda: el 15% restante —que incluye sectores estratégicos como el acero, el aluminio y el automotriz— es precisamente donde se concentra el valor agregado y la generación de empleo de calidad. Proteger el grueso de las exportaciones no es suficiente si se sacrifican las industrias que realmente impulsan el desarrollo tecnológico y salarial.
La propuesta de Washington de que México iguale sus aranceles a los que aplica a China en acero y aluminio es una jugada maestra: pretende convertir a México en el policía comercial de América del Norte. Si México acepta, asume costos económicos y políticos sin garantía de beneficios adicionales. Si rechaza, Washington tendrá el pretexto perfecto para endurecer sus propias medidas. Es el clásico dilema de "elije tu veneno".
El verdadero nudo gordiano está en las reglas de origen y la llamada "seguridad económica". Ebrard admite que una revisión detallada podría extenderse hasta 2027. Eso no es una señal de prudencia; es la confirmación de que Estados Unidos está reescribiendo el tratado pieza por pieza, sin necesidad de una renegociación formal. La "seguridad económica" es un concepto tan amplio que puede justificar desde restricciones a la inversión china hasta controles a la exportación de tecnología. Y México aún no ha definido su propia interpretación.
El superávit comercial acumulado (enero-junio 2026) de 9 mil 857 millones de dólares que celebra Ebrard es, paradójicamente, el combustible de la presión estadounidense. Cuanto mayor es el superávit, más ruido hace Trump sobre el déficit de su país con México. Es la trampa del éxito comercial: ganar en volumen es perder en margen de maniobra política.
La decisión de rechazar la estacionalidad agrícola es correcta, pero insuficiente. Washington no está pidiendo estacionalidad; está pidiendo control. Y el control, en el mundo de Trump, siempre termina siendo un arancel, una cuota o una amenaza de veto.
Lo que México debería estar haciendo no es solo defenderse, sino construir una alternativa. La diversificación de mercados es urgente, pero el 83% del tequila y otros productos emblemáticos sigue yendo a Estados Unidos. La dependencia no se resuelve con discursos; se resuelve con acuerdos concretos con Europa, Asia-Pacífico y América Latina. Y eso requiere una política comercial ofensiva, no sólo reactiva.
El horizonte es claro: septiembre será una ronda decisiva en Washington. Pero el resultado no dependerá de la habilidad negociadora de Ebrard, sino de cuánto esté dispuesto a ceder México para mantener el statu quo. La pregunta no es si habrá más aranceles, sino si México logrará que esos aranceles sean el precio de algo más que la simple supervivencia.
En cada batalla semanal, sobrevivir no es lo mismo que ganar. Y México lleva demasiado tiempo sobreviviendo.

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