Arkhé 32 años después Por Horacio De la Cruz.
Hay momentos de la vida que uno cree haber dejado atrás hasta que el destino, caprichoso y brutal, los coloca nuevamente frente a nosotros.

Han pasado 32 años.

Y hoy, cuando aparece sobre la mesa la posibilidad de que Luis Donaldo Colosio Riojas busque la gubernatura de Sonora, vuelven a mi memoria tres nombres que creí sepultados en otro tiempo: Manlio Fabio Beltrones, Alfonso Durazo y Luis Donaldo Colosio.

No puedo escribirlos sin pensar en Juan Bustillos.

Era 1994. Había transcurrido apenas un mes del magnicidio de Luis Donaldo Colosio Murrieta.

Una tarde, en el restaurante de nuestra amiga La Chinita, a unas calles del CEN del PRI, Juan sentado frente a Manlio le hizo una pregunta directa.

—¿Quién fue?

Yo estaba en la misma mesa.

Recuerdo perfectamente la escena. Manlio bebió un sorbo de agua mineral. Vestía traje azul y camisa blanca. Se acomodó el nudo de la corbata. Bebió nuevamente. Hizo una pausa.

—No sé.

Yo me levanté discretamente de la mesa. No quería escuchar más.

Me senté en otra mesa. Después salí del restaurante. Mientras caminaba sólo podía pensar: pinche Juan, ¿por qué tengo que escuchar esto y por qué no me dijo nada?

Diez o quince minutos después, Manlio se despidió de Juan con un abrazo. Me vio. Apenas agitó la mano. Yo hice lo mismo.

Regresamos a la planta editorial de Impacto, en avenida Ceylán. En el camino, Juan continuaba especulando en voz alta.

Yo iba mudo.

Llegamos.

No hablamos más del asunto.

Pero todo había cambiado.

Hoy vuelvo a aquella escena sin pretender responder lo que entonces no pude —ni quise— responder. Lo que sí puedo hacer es contar lo que escuché.

Y preguntar, 32 años después, qué significa aquella conversación frente al futuro que ahora se abre en Sonora.

Porque hay otra imagen que tampoco he podido olvidar.

El velorio de Colosio en Galloso, en Félix Cuevas.

Vi a Diana Laura desconsolada. Vi a sus hijos. Y vi a aquel niño que se refugiaba en los brazos de su madre, abrazado a una de sus piernas mientras ella permanecía de pie.

Era Luis Donaldo Colosio Riojas.

Aquel niño tenía otra historia por delante.

Hoy es un hombre. Es senador de la República. Y su nombre comienza a aparecer como una posibilidad para competir por la gubernatura de Sonora, la tierra donde nació su padre.

Y entonces el tiempo produce uno de esos giros que parecen escritos por alguien empeñado en demostrar que la política mexicana nunca termina de cerrar sus ciclos.

Ahí está Alfonso Durazo, gobernador de Sonora, aquel hombre que conoció y acompañó políticamente a Colosio Murrieta y que mantiene, hasta donde conozco, una relación de amistad con su hijo.

Ahí está Manlio Fabio Beltrones, quien gobernaba Sonora cuando ocurrió el magnicidio y quien décadas después continúa teniendo presencia y operación política en el estado.

Y ahí está Luis Donaldo Colosio Riojas, el niño que vi en Galloso, convertido en un hombre que podría pedirle a los sonorenses el voto para gobernar la tierra de su padre.

No sé todavía si los tres terminarán enfrentados electoralmente.

Lo que sí sé es que el futuro vuelve a encontrarlos.

No necesariamente unidos.

Tal vez divididos por partidos, proyectos, intereses y circunstancias.

Pero unidos, inevitablemente, por una historia que ninguno de los tres puede borrar.

Y hay algo más que me asombra.

En 1994, Manlio era gobernador de Sonora. Durazo pertenecía al círculo de Colosio. Y Luis Donaldo era el candidato presidencial cuyo asesinato sacudió a México.

En 2027, si las circunstancias se confirman, Durazo podría estar defendiendo desde Morena el gobierno que encabeza; Beltrones podría estar operando desde la oposición; y Colosio Riojas podría estar buscando conquistar Sonora con su propio nombre, pero inevitablemente acompañado por el recuerdo de su padre.

El destino no repite la historia.

La esculpe golpe a golpe.

Y quizá esa sea la verdadera historia que comienza a escribirse en Sonora.

Para mí hay, sin embargo, un cuarto nombre en todo esto.

Juan.

Es una dolorosa pena, querido Juan —QEPD—, que no estés para verlo.

Porque cuando escribo Colosio, Durazo o Beltrones, no puedo disociarlos de ti.

Del Lar Gallegos.

De aquellas conversaciones.

De La China Hilaria recitada por Colosio.

De las veces que llegó Durazo.

De aquella ocasión en que apareció Manlio.

De aquel equipo político-editorial que tú encabezabas y del que compartiste con nosotros historias y amistades que entonces parecían simplemente parte de la vida.

Hoy comprendo que algunas no eran anécdotas.

Eran pedazos de historia.

Querido Juan, me duele profundamente que no estés para ver al hijo de “Pelo Chino”, tu gran amigo.

Me consuelo pensando que, donde estén, ambos siguen haciendo política.

También estoy seguro de que Manlio, tu hermano, los tiene presentes a ambos en cada declaración que invoca a Colosio.

La suerte está echada.

Me gustaría ver que aquel niño al que un ser maldito le arrebató tanto, tenga ahora la oportunidad de reconstruir una parte de México.

Quizá por eso este reencuentro me mueve.

Porque 32 años después, el futuro vuelve a encontrarlos.

Y esta vez, Juan, ya no estamos mirando hacia atrás.

Estamos mirando lo que viene.

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