El alcalde de Huauchinango, Rogelio López Angulo, anunció la clausura inminente de todos los locales inactivos del nuevo Mercado Municipal, tras vencer el plazo para su ocupación. La medida, que se ejecutará mañana sin prórrogas, busca evitar que el inmueble se convierta en un "elefante blanco" y reactivar la economía local. Pero la pregunta que los ciudadanos se hacen es por qué el mercado sigue vacío después de tanto tiempo y si la clausura es una solución o un reconocimiento del fracaso.

HUAUCHINANGO, PUEBLA. — Huauchinango tiene un mercado nuevo y semivacío. El alcalde Rogelio López Angulo decidió poner fin a la espera y anunció que mañana clausurará todos los locales que permanecen inactivos. La medida, que originalmente debía ejecutarse hoy, fue postergada 24 horas por una reunión operativa, pero el edil fue enfático: no habrá más prórrogas. "Seguramente mañana van a estar clausurando todos los locales que no estén establecidos", declaró. El anuncio suena a decisión firme, pero también a confesión involuntaria: el nuevo mercado, que debía ser el motor del comercio local, sigue siendo un esqueleto de concreto que ni los locatarios han querido habitar.

La estrategia de López Angulo es clara: si los comerciantes no ocupan los espacios, el gobierno los cerrará para evitar que el inmueble se convierta en un "elefante blanco". La expresión es reveladora. Un elefante blanco es una obra faraónica que no cumple su propósito, un monumento al dispendio que los ciudadanos pagan con sus impuestos y que nadie usa. El mercado de Huauchinango parece estar en ese camino, y el alcalde ha decidido que es mejor clausurar los locales vacíos que admitir que el proyecto fue un fracaso. Pero la clausura no es una solución; es un parche que no resuelve la pregunta de fondo: ¿por qué el mercado no funciona?

El discurso oficial insiste en que la medida impulsará la economía local. Pero la economía no se reactiva con sellos de clausura; se reactiva con condiciones que atraigan a los comerciantes y a los compradores. Un mercado vacío no es un problema de voluntad de los locatarios; es un problema de diseño, de ubicación, de precios, de falta de incentivos. López Angulo prefiere culpar a la inactividad de los comerciantes antes que revisar si el proyecto fue bien planeado o si las condiciones para instalarse eran razonables.

La clausura de locales inactivos es, en el mejor de los casos, una medida disciplinaria. Pero la disciplina no llena los espacios vacíos; los llena la certidumbre económica. Los comerciantes de Huauchinango saben si un mercado es viable o no, y su ausencia es un voto de desconfianza que el alcalde debería escuchar en lugar de ignorar. El anuncio de clausura, en ese contexto, suena más a castigo que a estímulo, más a autoritarismo que a solución.

Huauchinango se suma así a la lista de municipios poblanos donde las obras públicas se inauguran con bombo y platillo y terminan vacías o abandonadas. El alcalde López Angulo tiene la oportunidad de demostrar que su decisión es parte de un plan integral para reactivar el mercado, no solo un gesto de autoridad. Pero hasta ahora, el plan se reduce a clausurar. Y en Huauchinango, como en toda la sierra norte, la gente sabe que un mercado vacío no se llena con sellos, sino con confianza.

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