Mario Riestra Piña convocó a una conferencia de prensa. El tema: pedir que se investigue a la presidenta morenista de Atlixco por el presunto encubrimiento de su ex secretario de seguridad, detenido por abuso de autoridad y cohecho. Una denuncia real. Un tema legítimo.
Mientras hablaba, los miembros de su propia dirigencia estatal y municipal miraban las pantallas de sus celulares. Algunos reían por lo que veían. Nadie le prestaba atención.
Genoveva Huerta no estaba.
No es un detalle anecdótico. Es el retrato más preciso del PAN poblano en este momento: el dirigente habla, la mesa directiva lo ignora, la principal aspirante está en otro lado. Un partido que no se escucha a sí mismo difícilmente puede escuchar al electorado.
El día anterior, Huerta había publicado en redes sociales una frase que no nombraba a nadie pero lo decía todo: "Yo sí me pongo la camiseta y la gorra, salgo a la calle, levanto la mano y doy la cara; no desde la comodidad de una oficina, sino caminando con la gente y escuchando sus necesidades." El "yo sí" no es retórica de campaña. Es un señalamiento. En la política poblana, el contraste implícito es más eficiente que la confrontación directa.
Huerta lleva meses haciendo exactamente lo que dice: recorre colonias, sube al transporte público, construye presencia territorial con sus propios recursos y su propia energía. Lo hace sin estructura organizada detrás, sin narrativa que el aparato panista amplifique, sin el respaldo activo de su dirigente. Su esfuerzo es real. Su soledad también.
Esta columna documentó hace días lo que una fuente del círculo del poder confirmó sin rodeos: Mario Riestra es operador de Alejandro Armenta. Un dirigente que opera para el adversario no tiene incentivo para construir una candidatura que gane — solo para administrar una candidatura que exista. Que el PAN tenga candidata activa le sirve a Riestra para mantener la fachada. Que esa candidata gane le complica el esquema.
En ese contexto, la potencial fractura documentada en el PAN no es sorpresa. Es consecuencia. Cuando el dirigente no respalda, cuando la mesa directiva ríe mirando el celular, cuando la candidata publica "yo sí" sin nombrar a nadie, la pregunta ya no es si hay fractura. Es qué tan ancha se va a abrir.
Y una puerta que se abre en el PAN poblano no se abre hacia el vacío. Se abre hacia otros actores que llevan semanas calculando si el momento de entrar ha llegado. El círculo de Eduardo Rivera Pérez que tiene sus propios cálculos, se prepara.
Riestra simula que conduce. La dirigencia simula que escucha. Huerta simula que tiene partido. En la política poblana, cuando todos simulan al mismo tiempo, algo está a punto de reventar.

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