Arkhé ¡Somos muchos, somos pobres y parió la abuela! Por Horacio De la Cruz S.
No recuerdo en toda mi vida una etapa con tantas posibilidades para el desarrollo intelectual y, al mismo tiempo, tantos peligros para la libertad de expresión.

Tampoco recuerdo un México tan polarizado. Familias, amigos y vecinos que antes podían pensar distinto hoy convierten la diferencia política en rencor y, con demasiada frecuencia, en odio. Tampoco recuerdo tanta violencia. Y eso que viví en pueblos y colonias donde era común ver personas armadas todos los días.

Vivimos, además, una paradoja económica brutal: nunca habíamos tenido tanto dinero público y, sin embargo, millones de mexicanos siguen sobreviviendo en condiciones precarias.

¿Primero los pobres?

Entonces habría que preguntarnos qué sabemos realmente de ellos.

¿Cómo comen? ¿De qué enferman? ¿Dónde viven? ¿Cuánto trabajan? ¿Cuánto ganan? ¿Cuántos jóvenes abandonan la escuela? ¿Cuántos adultos mayores siguen trabajando porque no pueden dejar de hacerlo?

Porque la pobreza no desaparece necesariamente porque una estadística cambie de categoría. Está en la ropa que se desgasta antes de tiempo, en la alimentación que empeora, en la dentadura que revela años de abandono, en el vendedor ambulante que trabaja de sol a sol para vender una torta y un refresco.

Mientras tanto, discutimos la reducción de la jornada laboral cuando una parte enorme de la población ocupada trabaja en la informalidad y no tiene siquiera una jornada que pueda reducir.

Y está la vivienda, la salud, la educación, la seguridad, la alimentación. Problemas enormes que rara vez ocupan el centro de la conversación política con la misma intensidad que las elecciones, los adversarios, Estados Unidos, los gobernadores o el narcotráfico.

El problema no es solamente cuánto dinero recibe una persona. Es qué posibilidades tiene de construir una vida distinta.

Y aquí aparece otra paradoja de nuestro tiempo.

Nunca habíamos tenido herramientas tan poderosas para conocer el mundo. La inteligencia artificial puede democratizar conocimientos, analizar millones de datos, detectar inconsistencias y permitir que prácticamente cualquier persona aprenda cosas que antes estaban reservadas a especialistas.

Pero esa misma revolución tecnológica puede utilizarse para administrar la conversación pública, clasificar ciudadanos, dirigir contenidos y aumentar la capacidad de vigilancia.

La tecnología puede liberar al individuo o facilitar su control.

Por eso resulta inquietante que mientras la sociedad adquiere herramientas para comprobar por sí misma lo que dicen los gobiernos, el poder parezca cada vez más interesado en decidir qué información es confiable, qué contenidos deben regularse y qué puede o no circular.

Ya sólo falta que tener un teléfono celular se convierta en la nueva unidad de medida de la pobreza: si tienes celular, ya no eres pobre. Y si ya no eres pobre, quizá tampoco tengas derecho a quejarte. Después de todo, eres un “aspiracionista”.

Es una ironía, por supuesto. Pero revela el absurdo de pretender medir la vida de millones de personas desde categorías administrativas mientras se ignora la realidad que tienen enfrente.

Porque México no necesita únicamente que las estadísticas mejoren.

Necesita que la vida de los mexicanos mejore.

Necesita más productividad, mejores empleos, educación, salud, vivienda, seguridad y oportunidades. Necesita un Estado capaz de utilizar racionalmente sus recursos y ciudadanos capaces de saber en qué se gastan.

Y necesita algo más: libertad para pensar y expresarse.

Estamos entrando en una revolución tecnológica que puede transformar el trabajo, el dinero, la educación, la productividad y el conocimiento humano. Sería una tragedia que México llegara a ella con millones de personas atrapadas en la precariedad y una conversación pública cada vez más reducida a buenos y malos.

Porque quizá el verdadero desafío no sea decidir quién tiene la razón en la guerra política de hoy.

Quizá sea conseguir que dentro de diez o veinte años haya menos pobres, menos jóvenes destruidos por la violencia, menos mexicanos enfermos por abandono, menos trabajadores condenados a sobrevivir y más ciudadanos capaces de decidir libremente sobre su propia vida.

Eso sí sería poner primero a los pobres.

Lo demás es propaganda.

Y sí: somos muchos, somos pobres y, para colmo, parió la abuela.