Autor:
Horacio De la Cruz
Horacio De la Cruz S. Arké Región Global

Ningún ser humano es eterno.

Parece una obviedad, pero quizá sea una de las verdades que menos tomamos en cuenta cuando decidimos qué hacer con nuestra vida.

Tenemos un tiempo limitado. Y, sin embargo, dedicamos una parte enorme de él a pelear: por dinero, por poder, por territorio, por orgullo, por ideología, por tener razón. A veces incluso por cosas que, vistas desde la distancia, resultan insignificantes.

Pensemos entonces por un momento: ¿pelear, destruir, es realmente inteligente?

No lo preguntemos en términos morales. Preguntémoslo en términos estrictamente funcionales.

Porque hay una diferencia importante entre luchar y destruir.

Hay luchas que son necesarias. La libertad, por ejemplo, rara vez se conserva sin defenderla. La historia está llena de sociedades que tuvieron que luchar para conquistar derechos, construir instituciones o impedir que el poder se concentrara nuevamente en unas cuantas manos.

Pero una cosa es luchar por algo y otra muy distinta convertir la destrucción del otro en el objetivo.

La primera puede ser necesaria. La segunda es, casi siempre, extraordinariamente costosa.

Pasemos entonces del plano individual, quizá familiar, al plano colectivo, político y social.

Existe una diferencia fundamental entre el discurso y la realidad. El discurso puede construirse con palabras. La realidad se construye con recursos: naturales, presupuestales, humanos, tiempo.

Y los recursos tienen un peso casi físico que ningún relato puede ignorar indefinidamente.

El colonialismo, por ejemplo, desarrolló un sofisticado discurso civilizatorio. Pero su instrumentación incluyó esclavitud, extracción de recursos y violencia. La distancia entre lo que un sistema dice de sí mismo y lo que produce materialmente termina revelándose.

La historia puede tardar en hacerlo. Pero termina haciéndolo.

Los políticos, acostumbrados a administrar recursos producidos por el trabajo de los demás, pueden confundir con frecuencia el ejercicio del poder con la creación de valor.

El poder puede obtenerse mediante la fuerza o mediante el control de recursos. La inteligencia, en cambio, se demuestra de otra manera: creando valor donde antes no existía, resolviendo problemas, coordinando esfuerzos, construyendo orden sin desperdiciar energía innecesariamente.

Hay periodos, como el que hoy vivimos en México, en los que existen enormes recursos, talento y posibilidades para construir. Y, sin embargo, una parte considerable de la energía pública puede terminar consumida en la disputa por el poder, la polarización, la confrontación y la captura de instituciones.

Se puede ganar una batalla y perder algo mucho más importante.

El futuro.

Cuanto más complejo es un sistema, más costoso resulta destruir sus componentes. Una sociedad necesita personas, instituciones, infraestructura, confianza, conocimiento, tiempo y recursos para funcionar.

Destruir cualquiera de ellos no requiere necesariamente demasiada inteligencia.

Construirlos sí.

Por eso las guerras que no son necesarias para preservar la libertad son, además de tragedias humanas, mecanismos profundamente ineficientes. Destruyen capital, vidas, confianza y tiempo: precisamente los recursos que cualquier sistema que aspire a sobrevivir debería tratar de conservar.

Así que el mal deliberado, entendido como la decisión consciente de dañar para obtener una ventaja, no es necesariamente una estrategia sofisticada.

Puede ser simplemente la confesión de una limitación.

Durante siglos, además, el horizonte de impunidad fue suficientemente largo para que el cálculo destructivo pareciera racional.

Polarizas, extraes, destruyes, ocultas las consecuencias y te retiras.

El costo lo pagan otros. Después. En otro lugar.

Hay otro factor todavía más elemental: nuestra propia finitud.

Nadie sabe cuánto tiempo tiene.

Pero todos sabemos que no es infinito.

Quizá por eso, conforme crece la conciencia de esa condición, también debería cambiar nuestra manera de valorar el conflicto. No porque debamos abandonar las luchas que importan, sino porque una vida finita merece algo mejor que ser consumida en conflictos inútiles.

Lo mismo puede decirse de una sociedad.

Una nación también tiene recursos limitados. Tiene generaciones que no regresarán, oportunidades que no se repiten, infraestructura que cuesta construir, instituciones que pueden tardar décadas en consolidarse.

Destruirlas para obtener una ventaja política inmediata puede ser rentable para alguien.

No necesariamente para el país.

Y aquí aparece una paradoja particularmente importante en la historia de México.

Muchas de las instituciones y libertades que hoy damos por sentadas son resultado de luchas anteriores. La Independencia, las reformas, la construcción de la República y las posteriores batallas por los derechos no fueron procesos pacíficos ni lineales.

La libertad tuvo que ser conquistada.

Y sigue necesitando ser defendida.

Pero defender la libertad no significa necesariamente destruir al adversario. Significa impedir que la libertad sea destruida.

Significa luchar cuando es necesario, pero hacerlo con inteligencia suficiente para saber qué se está defendiendo, contra qué se lucha y qué futuro se quiere construir después de la lucha.

Porque también existe una forma estúpida de pelear: aquella en la que el enfrentamiento se convierte en el propósito y se termina destruyendo aquello mismo que se pretendía defender.

Quizá ahí se encuentre una de las grandes diferencias entre la fuerza y la inteligencia.

La fuerza puede imponerse.

La inteligencia tiene que construir algo después.

La vida es finita.

El tiempo perdido no regresa.

Por eso quizá la pregunta más importante no sea si debemos pelear.

Debemos hacerlo cuando la libertad lo exige.

La pregunta es otra:

¿Vale realmente la pena gastar una parte de nuestra vida destruyendo aquello que no necesitamos destruir?

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