Donald Trump rechazó la hoja de ruta de siete días de Irán para reabrir el estrecho de Ormuz, pero dejó abierta la puerta a más conversaciones esta semana. Teherán respondió que está "plenamente preparado" para la guerra. La propuesta iraní exigía levantar el bloqueo naval, eximir de sanciones el petróleo y liberar 12 mil millones de dólares en activos congelados. Con las elecciones de medio término en Estados Unidos en noviembre, ambos gobiernos apuestan a que el tiempo doblegará al otro.
Región Global — El estrecho de Ormuz se ha convertido en el tablero donde Estados Unidos e Irán miden quién resiste más. Donald Trump rechazó la hoja de ruta de siete días que Teherán puso sobre la mesa para poner fin a la guerra y reabrir el paso marítimo, pero no rompió la diplomacia: afirmó que espera más conversaciones esta semana y sostuvo que Washington ganará el conflicto "muy pronto". La respuesta iraní llegó por voz del canciller Abbas Araghchi, quien declaró que su país está "plenamente preparado" si la guerra se reanuda. Dos mensajes simultáneos: disposición a negociar y disposición a escalar.
La propuesta iraní era concreta. Exigía que Washington levantara el bloqueo naval de los puertos iraníes, eximiera de sanciones las ventas de petróleo, liberara unos 12 mil millones de dólares en activos congelados y respetara un alto el fuego regional que incluyera Líbano y Yemen. A cambio, Irán reabriría Ormuz y comenzaría negociaciones para un acuerdo definitivo. El esquema es casi idéntico al memorando de entendimiento firmado en junio, que fracasó el mes pasado por diferencias en los términos y desembocó en una escalada de ataques que dejó al estrecho prácticamente bajo bloqueo iraní.
El rechazo de Trump no es gratuito. La Casa Blanca ha escalado la presión económica con bloqueo naval, sanciones a los ingresos petroleros iraníes, amenazas de sanciones secundarias contra países que hagan negocios con Teherán y sanciones aéreas impuestas la semana pasada. El cálculo estadounidense es que la asfixia financiera obligará a Irán a aceptar mejores términos sin necesidad de ceder ahora. Teherán, en cambio, apuesta a que el reloj corre en su contra para Trump: las elecciones de medio término de noviembre se acercan, una encuesta de Reuters/Ipsos de finales de agosto indica que el 63 por ciento de los estadounidenses rechaza la guerra, y el encarecimiento de combustibles y transporte presiona el costo de vida justo antes de los comicios.
El nudo del conflicto no es si ambas partes quieren un acuerdo, sino quién debe ceder primero. Trump quiere que Irán reabra Ormuz sin pagar el precio económico y político que exige Teherán. Irán quiere que Washington levante el bloqueo y las sanciones antes de reabrir el estrecho. Ninguno puede aparecer como el que capitula. Mientras tanto, el cierre de Ormuz sigue alterando los flujos de petróleo y gas de los países del Golfo, y la expansión de los Houthis en la costa del Mar Rojo añade presión sobre el estrecho de Bab al-Mandeb. La guerra no ha terminado, pero tampoco ha escalado al punto de no retorno. Es una pausa tensa, con negociaciones abiertas, amenazas cruzadas y dos relojes corriendo a la vez. El desenlace dependerá de cuál de los dos se detenga primero.

