Detrás de cada gran función hay meses de esfuerzo, disciplina y pasión. Te invitamos a descubrir Erick Rodríguez, detrás de El lago de los cisnes, una historia que inspira y demuestra que los sueños se construyen paso a paso.
Todo bailarín conoce las clases base del ballet. Barra, centro, saltos y, en palabras de Billy Elliot, “electricidad”. En la Compañía Nacional de Danza esa rutina no se negocia. Ahí empieza cada jornada de la compañía y también la ruta que, durante más de seis semanas, ha llevado a decenas de artistas hacia una misma meta: presentar El lago de los cisnes hoy, 10 de Octubre, en el Auditorio Nacional.
Para Erick Rodríguez, director artístico, el trabajo comenzó mucho antes de que el público ocupe sus asientos. Desde inicios de septiembre, cada mañana arranca con clase de ballet y continúa con ensayos que han dado forma a una de las obras más reconocidas del repertorio clásico.
La historia es la que todos conocen; una princesa convertida en cisne blanco, un hechizo y un amor que lo pone todo en riesgo. Lo que cambia es la mirada. Esta versión en dos actos, basada en la coreografía original de Marius Petipa y Lev Ivanov, busca acercar los personajes al espectador. El brujo, Odette y Odile dejan de ser figuras lejanas para mostrarse más humanas. Al mismo tiempo, la producción conserva los elementos que han convertido a la obra en un clásico: los actos blancos, la fiesta en la corte y una polonesa interpretada únicamente por hombres (un detalle que no aparece en todas las versiones).
Nada de eso ocurre al azar. Cada personaje exige determinadas características físicas, técnicas y artísticas. En la danza de los cuatro cisnes pequeños, o pas de quatre, por ejemplo, las intérpretes necesitan rapidez y precisión, además de una estatura similar para conservar la armonía visual de la escena.
Esta temporada también marca un doble debut. La Primera Bailarina Mayuko Nihei y la Solista Ana Paula Montero asumirán por primera vez el papel dual de Odette-Odile. Rodríguez encuentra en Ana Paula un ejemplo de cómo el trabajo va más allá de la técnica. El proceso se ha concentrado en construir dos personalidades opuestas: la vulnerabilidad del cisne blanco y la fuerza desafiante del cisne negro.
Ese acompañamiento forma parte de una filosofía de trabajo más amplia. Rodríguez explica que un director diseña cada ensayo para llevar a una bailarina del punto A al punto B. El objetivo no es solamente perfeccionar movimientos, sino desarrollar la resistencia física y mental necesaria para afrontar una función completa.
La exigencia se vuelve especialmente visible en momentos como los famosos fouettés asociados al cisne negro en algunas versiones de la obra, cuando la intérprete debe ejecutar una de las secuencias más demandantes después de haber recorrido buena parte del espectáculo. La preparación, asegura, consiste en lograr que la confianza prevalezca sobre el cansancio, porque en escena “cualquier duda puede jugar en nuestra contra”.
La experiencia también se construye desde la música de Piotr Ilich Chaikovski, donde el día de hoy sonará en vivo gracias a la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, dirigida por Gavriel Heine. Para Rodríguez, esa presencia transforma la función y permite que el público experimente la obra en toda su dimensión.
Sin embargo, la parte más reveladora de su trabajo ocurre cuando todavía no se ha levantado el telón. Mientras revisa detalles de iluminación, vestuario, entradas, música y movimiento, entiende cuánto ha cambiado su lugar dentro del escenario. Como intérprete, recuerda, la responsabilidad terminaba en su propia ejecución, “Solo era yo”. Como director, la atención está puesta en cada elemento capaz de sostener la magia del espectáculo.
Después de más de treinta años de carrera, ya no piensa como bailarín, aunque la disciplina sigue siendo evidente. En año y medio acumula más de quince estrenos, una gira histórica por Rusia, el rescate de obras de George Balanchine, una nueva Giselle y una coproducción con la ópera. Y hoy es un ejemplo de cómo su trabajo habla por él. Nos comparte que la única presión que siente es la que se impone a sí mismo. Una actitud que cualquier bailarín reconoce: la búsqueda constante de algo que todavía puede hacerse mejor.
Esa misma visión lo ha llevado a abrir espacio a nuevas voces. Ha invitado a coreógrafos contemporáneos que nunca antes habían trabajado con la Compañía Nacional de Danza y ha impulsado a sus intérpretes fuera de su zona de confort. Para él, el ballet clásico, la danza contemporánea y los lenguajes urbanos no son mundos enfrentados, sino expresiones que pueden convivir bajo un mismo techo.
Y aunque hoy le corresponde guiar a la compañía en uno de los títulos más emblemáticos de la danza, su invitación al público sigue siendo sencilla. No quiere que nadie vea El lago de los cisnes con sus ojos. Quiere que cada persona lo haga desde su propia experiencia.


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