Hay gobiernos que construyen su legado con obras. Otros lo hacen con cifras. Y hay administraciones cuyo verdadero legado comienza a definirse en aquello que dejan de atender.
En Tlaxcala, el campo puede convertirse en la parte más incómoda de la herencia política de Lorena Cuéllar.
La escena ocurrida en Calpulalpan no necesita demasiada interpretación. Productores de Agricultura Digna Tlaxcala irrumpieron en un acto oficial para exigir una audiencia y reclamar apoyos frente a afectaciones climáticas, bajos precios del maíz y acuerdos que, según los propios productores, no fueron cumplidos. La gobernadora terminó abandonando el templete por la parte trasera, mientras el reclamo quedaba sin respuesta pública en ese momento.
Pero la imagen adquiere otra dimensión cuando se coloca junto a los indicadores económicos.
Tlaxcala creció 0.9% anual durante el primer trimestre de 2026. Sobre el papel, es crecimiento. El problema aparece cuando se pregunta quién está creciendo.
La actividad secundaria aumentó 1.5% y los servicios 0.7%. El sector primario, en cambio, cayó 4.6%.
Es decir: mientras la economía estatal consiguió mantenerse en terreno positivo, el campo se contrajo con una intensidad que lo colocó entre los sectores de peor desempeño del país.
Esta diferencia importa políticamente.
Porque gobernar Tlaxcala no consiste únicamente en conseguir que el indicador estatal termine arriba de cero. También implica observar qué actividades pierden capacidad productiva, qué sectores dejan de generar ingresos y qué territorios comienzan a depender cada vez más de actividades informales.
Y ahí aparece otra señal.
Los puestos de trabajo remunerados crecieron apenas 0.2% anual en el primer trimestre de 2026, mientras las remuneraciones formales aumentaron 4.7%, por debajo del crecimiento nacional de 6.8%. Paralelamente, el valor agregado bruto informal aumentó 3.8%, casi el doble del crecimiento nacional.
No es una crisis económica generalizada. Es algo más difícil de detectar: una economía que crece poco, de manera desigual y con sectores que comienzan a separarse cada vez más entre sí.
El campo es uno de ellos.
Y cuando el campo pierde capacidad económica, el problema tampoco termina en las parcelas. Menos rentabilidad agrícola significa menor capacidad de consumo para las familias rurales, presión sobre el comercio local, menor inversión productiva y mayor dependencia de apoyos públicos o de actividades informales.
Por eso resulta relevante que los productores no estén reclamando únicamente una transferencia de dinero. Entre sus planteamientos aparecen crédito, mecanismos de contingencia, financiamiento y un proyecto agroindustrial.
En otras palabras, están planteando una pregunta sobre el futuro productivo del estado.
¿Qué quiere ser Tlaxcala cuando producir en el campo deja de ser económicamente viable?
La respuesta no puede reducirse a quién tiene la competencia administrativa sobre cada programa. Parte de los reclamos puede corresponder al gobierno federal y otra al estatal. Pero para el productor esa división burocrática no modifica el problema: la cosecha se pierde, el precio no alcanza o el crédito no llega.
Y ahí es donde la política encuentra a la economía.
Una administración puede terminar su periodo con nuevas obras, nuevos programas y una economía estatal ligeramente superior a la del año anterior. Pero también puede dejar detrás un sector productivo debilitado que tardará mucho más tiempo en recuperarse.
Ese es el riesgo de la herencia que se está gestando en Tlaxcala.
El dato más importante no es que la economía haya crecido 0.9%.
Es que mientras ese crecimiento ocurre, el campo cayó 4.6%.
La protesta de Calpulalpan, entonces, puede ser vista como algo más que una interrupción de un acto oficial. Puede ser una señal temprana de que la estadística económica y la experiencia de una parte del territorio ya están contando historias diferentes.
Lorena Cuéllar todavía tiene tiempo para modificar esa historia.
Pero si el deterioro del sector primario continúa, la discusión sobre su gobierno no será solamente qué construyó, cuánto creció Tlaxcala o cuántos programas puso en marcha.
También tendrá que responder por aquello que dejó de crecer.
Y el campo podría terminar siendo la parte más visible de esa herencia.


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