El presidente estatal del PAN en Puebla presentó con solemnidad su lista de aspirantes a la candidatura por la capital: seis mujeres con trayectoria legislativa o militante, una regidora en funciones y un secretario general. Anunció además un nuevo método de selección por encuestas —diferente al dedazo de Morena, insistió— por instrucción del dirigente nacional Jorge Romero Herrera. Fue una rueda de prensa ordenada, correcta, casi aburrida.
Blanca Alcalá Ruiz no apareció en ningún momento.
Esa ausencia no es un olvido. Es una decisión.
La mujer que ganó sin Marín
Para entender por qué Blanca Alcalá incomoda al poder, hay que volver a 2007. El marinismo atravesaba su tormenta perfecta: la detención de la periodista Lydia Cacho había abierto fisuras que ningún operativo de contención mediática podía cerrar. Enrique Doger —entonces presidente municipal de Puebla— era un dolor de cabeza cotidiano para la maquinaria del poder estatal: no se plegaba, no guardaba silencio, trataba a Javier López Zavala —hoy purgando condena, entonces secretario de Gobernación— con el ninguneo reservado para los operadores de segunda categoría.
Las elecciones intermedias se acercaban y Mario Marín Torres enfrentaba un dilema estratégico: no tenía en su círculo de confianza a nadie capaz de arrastrar el voto mayoritario en la capital, principalmente el de las mujeres. Impulsaba la candidatura de López Zavala. Se ordenaron las mediciones y el veredicto fue lapidario: no ganaría una elección ni en la colonia donde residía. Peor aún, el caso Cacho exigía un giro táctico urgente: una candidata mujer que abanderara al PRI en una ciudad donde el repudio a Marín no provenía de las redacciones sino de la ciudadanía misma.
El nombre de Blanca Alcalá Ruiz emergió como única opción viable en aquella reunión en Casa Puebla. La convocaron. Llegó nerviosa, devoró una barra de chocolate antes de entrar al cónclave y otra después, ya con la candidatura en el bolsillo del blazer blanco que vestía su figura esbelta.
Lo que construyó a partir de ahí fue una campaña calculadamente desprendida de la toxicidad marinista. Ganó precisamente porque no olía a Marín Torres. Inteligente, perspicaz, con la sutileza de quien persuade sin imponer. Una candidatura ciudadana que nació en una reunión de aparato pero que supo caminar sola.
Se fue del PRI —según sus propias palabras— por la ausencia de debate interno y el cierre democrático. Pero también, y quizá sobre todo, porque ese partido ya no ofrece futuro. Lo que subsiste en Puebla es una dirigencia que funciona como extensión de la estrategia del gobernador: peones útiles y alfiles prescindibles que ganan o pierden según el capricho del pulgar imperial.
Por qué su nombre no aparece en la lista del PAN
Mario Riestra sabe que el PAN necesita perfiles con credibilidad real en la capital. Y Blanca Alcalá es exactamente eso: una candidatura que no arrastra los pasivos del viejo priismo, que tiene conocimiento de la ciudad, experiencia de gobierno y la capacidad de construir una narrativa ciudadana que puede resonar en un electorado hastiado del Cablebús, de las calles deshechas, de las multas, los parquímetros y las restricciones que complican la vida cotidiana de los poblanos.
Es, en otras palabras, el perfil que más daño potencial le haría a Morena en la capital.
Y ahí está el problema para Riestra.
Esta columna ha documentado —desde su primera entrega— que el presidente estatal del PAN en Puebla llegó a la política en el entorno del gobierno de Melquiades Morales, que conoce al gobernador Armenta desde entonces y que en toda su etapa como dirigente panista no existe registro público de una sola crítica al ejecutivo estatal. Sus dardos apuntan sistemáticamente a presidentes municipales. El gobernador, intocable.
Ese silencio no es omisión. Es una posición. Y una posición tiene consecuencias.
Si el pacto de no agresión entre el PAN nacional y Armenta existe —y esta columna sostiene que hay elementos para suponerlo— Riestra no puede impulsar a Blanca Alcalá sin romperlo. Porque ella es exactamente el tipo de candidatura que ese pacto busca neutralizar: competitiva, autónoma, sin deberle nada al gobernador.
El árbitro que también juega — y no solo en la capital
Hay otro personaje cuya presencia en este proceso merece nombrarse sin rodeos. Olga Lucia Romero Garci-Crespo, presidenta del Comité Ejecutivo Estatal de Morena en Puebla, es la misma dirigente que en el evento de Celina Peña Guzmán subió al escenario y alzó la mano de la subsecretaria ante mil mujeres movilizadas institucionalmente. Es también la misma que días después negó públicamente haber destapado a nadie: "solo reconocí su labor por México", dijo.
Lo que no dijo es que ella misma tiene candidatura propia en la mira. Romero Garci-Crespo es oriunda de Tehuacán —la segunda ciudad más importante del estado— y aspira a su presidencia municipal. Está siendo medida en las mismas encuestas que evalúa como dirigente. Ya inauguró bardas en Tehuacán con recursos del gobierno. Y si la alcaldía no le alcanza, el Distrito Federal 15 con cabecera en esa ciudad es su plan B.
La presidenta estatal del partido que arbitrará el proceso de selección de candidatos compite en ese mismo proceso. No es una insinuación. Es una descripción.
La advertencia
Región Global publicó en enero pasado un perfil de Blanca Alcalá que termina con una advertencia que no necesita nombrar a nadie para que el lector iniciado entienda a quién apunta: en política, las traiciones nunca llegan envueltas en celofán transparente. Llegan vestidas de palabras, de promesas, de lealtades que mutan cuando el poder aprieta o compra. En Puebla, donde las alianzas se tejen con fragilidad según los intereses del gobernante, saber distinguir al aliado del traidor es condición de supervivencia, no consejo de amigo.
Blanca Alcalá ya experimentó esa lección cuando contendió por la gubernatura. La pregunta que este proceso electoral plantea no es si volverá a enfrentarla. Es si esta vez sabrá verla venir antes de que llegue vestida de proceso interno, de encuestas ciudadanas y de método democrático.
Lo que sigue
El PAN tiene en Puebla capital una oportunidad real, quizá la más concreta en años. Morena llega dividida, con dos cartas que se desgastan mutuamente, con un plan A que no posiciona y un plan B que no tiene estructura propia. El malestar ciudadano está ahí, acumulado, sin nombre todavía.
Riestra puede entregarle esa oportunidad al partido o puede administrarla en función de compromisos que no aparecen en ningún estatuto panista.
Blanca Alcalá, por su parte, tiene capital político, tiene historia y tiene una ciudad que la conoce. Lo que todavía no tiene es una candidatura.
La pregunta no es si el PAN puede ganar en Puebla capital en 2027. La pregunta es si Mario Riestra Piña quiere que gane.

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