Una frase aparentemente incidental terminó revelando mucho más que una posición sobre mujeres y municipios peligrosos. “Te voy a dar una razón, ojalá la entiendas”, le dijo Alejandro Armenta al reportero. El problema no es sólo lo que el gobernador piensa. También importa cómo responde cuando alguien se atreve a preguntarle por qué.
Hay frases que se explican por lo que dicen.
Y hay frases que se explican también por la forma en que son pronunciadas.
“Te voy a dar una razón, ojalá la entiendas”.
La frase de Alejandro Armenta al reportero que le pregunta por qué considera delicado enviar a una mujer a gobernar municipios con presencia criminal podría pasar como una expresión coloquial.
No lo es.
Porque antes de terminar de explicar su argumento, el gobernador establece una relación de poder con quien pregunta: yo sé; tú no entiendes.
El reportero no necesita compartir la posición del gobernador. Tampoco necesita convencerlo.
Está haciendo su trabajo.
Pregunta.
Y el poder responde.
Ésa debería ser la normalidad democrática.
Pero cuando la respuesta comienza con “ojalá la entiendas”, la pregunta deja de ser tratada como una interrogante legítima y empieza a ser tratada como una insuficiencia intelectual del interlocutor.
Eso importa.
Mucho.
Porque el periodismo existe precisamente para preguntar aquello que el poder preferiría explicar una sola vez y dar por concluido.
Y en este caso la pregunta era pertinente.
Armenta había expresado una posición extraordinariamente relevante: que ante municipios con presencia criminal prefería que hombres con experiencia asumieran las alcaldías porque consideraba delicado exponer a una mujer.
El reportero preguntó.
Y el gobernador respondió.
Pero respondió primero desde la superioridad:
“…ojalá la entiendas”.
Después vino el argumento.
Y ahí empieza precisamente la segunda parte de esta historia.
Porque si la pregunta merecía una respuesta, la respuesta merecía ser examinada.
Eso es lo que hará Región Global.
Desmontar las palabras.
No para sustituirlas por otras.
No para atribuirle al gobernador algo que no dijo.
No para juzgar sus intenciones.
Para hacer exactamente lo que corresponde al periodismo: tomar una afirmación pública, separar sus premisas, identificar sus conclusiones y comprobar si una cosa realmente se desprende de la otra.
Y cuando se hace ese ejercicio con las palabras de Armenta aparece una cuestión incómoda.
El gobernador parte de una realidad: existen municipios donde la delincuencia organizada representa un riesgo extraordinario para las autoridades.
Eso puede discutirse en sus alcances y en sus causas, pero es una cuestión institucional.
Sin embargo, después introduce otra variable: el sexo de quien gobierna.
Y termina prefiriendo hombres.
Ahí está el punto que esta serie va a examinar.
¿En qué momento el problema de la capacidad del Estado para gobernar un territorio se convirtió en un problema sobre quién tiene sexo masculino o femenino?
Porque un municipio peligroso necesita Estado.
Necesita policía.
Necesita inteligencia.
Necesita fiscalía.
Necesita coordinación.
Necesita protección.
Necesita instituciones capaces de ejercer autoridad.
No necesita un cromosoma determinado para que el gobierno funcione.
Si una mujer no puede gobernar un territorio porque el crimen puede amenazarla, la pregunta inevitable es qué está haciendo el Estado para garantizar que pueda gobernarlo.
Porque si la respuesta institucional frente al crimen consiste en retirar mujeres de determinados espacios de poder, entonces el crimen no solamente está afectando la seguridad.
Está comenzando a determinar quién puede ejercer autoridad.
Y eso sería una derrota institucional mucho más profunda.
Por eso esta serie no nace de una frase aislada.
Nace de la necesidad de revisar qué hay detrás de ella.
Primero: la lógica.
Después: el Estado.
Finalmente: el poder.
Porque la declaración de Armenta no sólo obliga a preguntar por qué prefiere hombres en determinados municipios.
Obliga a preguntar qué concepción del poder público produce esa preferencia.
Y también obliga a mirar la otra frase.
La que llegó después.
Cuando el gobernador afirmó en X que las mujeres tienen plena capacidad para desempeñar cualquier responsabilidad pública y que pueden gobernar municipios y el propio Estado.
Una afirmación que deberá ser confrontada con la anterior.
Porque el periodismo no consiste en escoger cuál de las dos frases nos gusta más.
Consiste en ponerlas una frente a la otra.
Y preguntar:
¿Son compatibles?
Ésa es la razón de esta serie.
No porque el reportero no haya entendido.
Sino precisamente porque entendió que había algo que preguntar.
Y ésa es la función que el poder nunca debería olvidar:
un gobernador administra el poder público; no administra las preguntas que puede hacer la prensa.
El periodista pregunta.
El gobernante responde.
Y después, si la respuesta es pública, cualquiera tiene derecho a desmontarla.
Incluso un periodista.
Incluso un ciudadano.
Incluso alguien que, según el gobernador, “Ojalá la entienda”.
Porque en democracia nadie necesita autorización del poder para entender, cuestionar o volver a preguntar.
Y si una pregunta incomoda, quizá el problema no esté en quien pregunta…


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